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Reseña de Alfonso Chase
Con un prólogo de Marjorie Ross, sutil, inteligente y completo en la intención, se abre Chicas Malas, el último libro de Arabella Salaverry. De poesía, es, claro. Con un nombre sugerente, hecho con materia del pasado hacia el futuro, pero situado en el presente de un hoy, donde las cosas y los asuntos suelen verse con madurez, cuando se la tiene, desparpajo, humor y una cierta nostalgia por lo que pasó, en ese mundo disímil de amores que son afectos y relaciones que terminan convertidas en amistades amorosas, ese término que todos quieren entender pero que nadie sabe explicar.
Chicas Malas, y su autora, logran comprender el peso de la historia en vida vivida, no sólo vivida, en un espacio donde la poesía ocupa un lugar preferente y está sujeta a un itinerario donde el dolor nostalgia parece expandirse de poema a poema, conjeturando que todo lo que haya sido existencia se ha convertido en palabra, sustancia de recuerdo, donde las puertas y lugares se abren y se cierran, en cinco apartes que muestran diferente temas, pero son uno solo: el destino de esas chicas, buenas o malas, pícaras, desenvueltas, audaces, como el extraño zapato que aparece en la portada, especie de fetiche que trasciende los tiempos, por la magia de ser siempre igual y representar, por sí mismo, una manera de ser. El problema de la poesía de esas supuestas chicas malas es que es demasiado buena y las presenta, como la historia, en concretos ciclos en los cuales se hablan diferentes lenguajes, donde la lava y el tiempo no logran erosionar la sustancia real del núcleo central, de ese volcán que suponemos ellas llevan, no sólo adentro del corazón, este no suele pensar, sino en el cerebro políglota que muchas veces se expresa en diversos idiomas. La poesía aquí creada es coloquial, algunas veces de tema confesional, como si la escritora hablara consigo misma, por lo que tiene un tono íntimo pero también universal, comunitario, de historia personal y generacional, o simplemente todo vivido en didascalia coherente, con sitios propios o inventados que pertenecen ya a la geografía de una generación trashumante.
Desde algunos años, con varios libros editados, la autora nos va presentando la construcción de un lenguaje. La propuesta de una poética diferenciada, pues ella ha ido dándole forma a un lenguaje, eso que determinó llamarlo arborescencias, que ahora son parte de un árbol elemental, donde la raíz y el tronco producen su propio contorno, ya no solo vegetal, sino convertido en el árbol de la vida, donde el lenguaje puede mostrarse como proyecto cumplido. De la sed a la muerte, todo queda signado por la alucinación, los temas familiares, la soledad de sus poemas iniciales, el espejo acechante, desprevenido ante el abismo del rostro: ella misma y todo lo que ama en lo más íntimo, lo hogareño trascendente, sus amores pasados, casi calcinados, y la sonrisa, transparente, dice ella, para que se convierta en ternura. El problema de las chicas mala es que resultan siendo tremendamente buenas. Ellas son, en su esencia, una generación que se repite, con guiños, en la historia. La maldad, a veces, resulta ser la otredad: lo que juzga, impone, pero no cumple. Arabella Salaverry ha pagado el precio de las premoniciones acechantes, con las cuales ha dado forma a su vida, a su poesía. Como toda chica mala, de la antigüedad a la fecha, se ha perdonado a sí misma por los pecadillos mentales, carnales o del espíritu que son los peores, según los y las doctores de la Iglesia. Por lo tanto: qué mas absolución que la poesía de este libro, pleno en la recatada obscenidad de la palabra.
Chicas Malas Arabella Salaverry
Fuimos las chicas malas… Asustamos a los vecinos… Y escandalizamos a las señoras que salían de misa…
Siempre de negro… para diluirnos entre las sombras… y desaparecer de los espejos…
Tomábamos coñac… En tardes infinitas… mientras el jazz… nos cubría escurriéndose luego por los poros…
Disfrutábamos la hierba… - ocasionalmente - sin compulsiones… sobre todo cuando queríamos abrir los ventanales del cielo [...] y mirar infinitamente las estrellas.
Hicimos de nuestros cuerpos una fiesta. Cursamos invitación sólo a los iniciados.
Nacimos despidiendo una guerra… vivimos Vietnam… -otro acto obsceno- y el recuerdo de Nagasaki junto a Hiroshima igual a una herida expuesta…
Nos desvelamos con Sartre… Pero fue Simone quien nos ayudó a hilvanar nuestra protesta…
Consideramos a los Beatles un tanto pueriles porque era Piaff quien nos alimentaba.
[...] Nunca pensamos que seríamos reinas más bien quisimos con el Che ser compañeras.
Compartimos cuerpo y alma sin pedir nada a cambio. Encendimos lámparas para apagar la angustia la pura y limpia angustia de estar vivas.
La vida ha sido nuestro manifiesto. Vivimos tan pero tan intensamente que ningún dolor nos fue ni nos podrá ser jamás ajeno.
Fuimos las chicas malas olíamos a incienso a pachulí otras veces a menta fresca pero el olor que nos acompañó siempre fue el de la tristeza…
Fuimos las chicas malas y aunque no lo confiese abiertamente por el qué dirán los hijos los amigos sensatos el perro los parientes seguimos y seguiremos siendo chicas malas.
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