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Editorial - Escribir sobre atardeceres
El batir de alas mental se inauguró a las seis y cuarenta y cinco. Justo después de tomar un café y recordar que probablemente me produciría desvelo. Hubiese sido mejor un vino. Algunos minutos antes, Gustavo me había llamado para decirme que no le había gustado mi ultimo cuento. Lo mismo desde hace cinco años, nada nuevo. Estoy predestinado a que los seres más queridos no aprecien la literatura, o al menos, no aprecien mi literatura.
Luego del café y de analizar con detenimiento el cielorraso de mi cuarto, luego de repasar la ventana y descubrirla de nuevo ahí, tan inerte, sentí la ansiedad de papel y tinta, de verlos hacerse el amor bajo mis dedos. De pronto me descubrí escribiendo sobre atardeceres, ¿será que ya no encuentro amaneceres?
Eso era precisamente lo que me reclamaba Gustavo, el eterno atardecer lírico de mis letras. ¿Será que no puedo escribir alquímias de positivismo? Siempre he dicho que puedo, pero que no quiero. Es demasiado fácil.
Y es que la verdad los atardeceres reinan en esta tierra donde nunca pasa nada, este reino de políticos con sarcástica filantropía, de una izquierda que se tumba contra las paredes y una derecha ebria. Es cierto, eso que escribo son atardeceres, pero no puedo hablar de otra cosa en este mi país que no es un país inventado. ¿Cómo hablar de la gloria del amanecer cuando el sol nace sobre tanta injusticia?, sobre tanta miseria, sobre rostros demacrados de quinceañeros que se consumen en cristales inhalados. Este es mi país, no inventado, creado por siglos de mal agüero, por una receta de estamos mejor que otros, por promesas repetidas y clonadas generación tras generación.
No hablo sobre amaneceres no por negativismo, hablo de atardeceres porque ansío que ese sol salga igual cada mañana para todos.
Hoy el diario me golpeó, justamente hoy, veinticinco de julio, un millar de costarricenses en Guanacaste salió a celebrar la anexión, en la fiesta se repartió hambre y zozobra, gritos y angustía. Los primeros convidados fueron los policías que salieron con sus escudos protectores de hambres ajenas, porque las suyas también las sienten y las tienen, salieron a salvaguardar a nuestro político de linaje y accionar reciclado. No es que toda la misería derive de este gobierno, pero el aumento de ella y el engaño sí. Lo defiendo en política internacional, donde casi siempre lo hace bien.
Y me pregunto, ¿será que acá tras estas montañas que llamamos valle central, vivimos en un país sí inventado? ¿Será que acá todo es color de rosa?
En realidad no, pero sí nos estamos fraccionando en muchos países, en un pedazo de tierra diminuto tenemos muchos países no inventados sino engendrados por una mala política, por la desigualdad, por el desinterés, por la anarquía de sus gobernantes y por la indiferencia de un pueblo adoctrinado que se conforma con que la cobertura celular sea mejor y con eso la vida está resuelta.
Una autopista nueva para los que trabajan en un área resuelve la encuesta de popularidad, pero no solventa el problema del agro ni el hambre de muchos que se preguntan mañana qué comerán.
No es que no quiera hablar de amaneceres, es que estoy cansado de que no amanezca para todos por igual. Estoy cansado de que amanezca con un cielo color ocre, que al medio día la luna nos queme la nuca, que el campesino sufra del desprecio citadino, que el citadino sufra de inconsciente colectivo mientras le disparan por robarle su celular. Estoy cansado, de un estudiantado adoctrinado, de un desinterés sin doctrina, de una iglesia con esparadrapo y tanto agnóstico fanático e inquisidor. De un Chavéz entrometido, de un Ortega embrutecido, de un Arias acuartelado, de un Guevara marketing as The King of The Burger King, de un Solís desubicado, de que anochezca sin que haya amanecido.
Es inútil, no puedo escribir sin mencionar atardeceres. Pero conjuremos juntos la noche, los que necesiten dormir conversen con la almohada, ojalá también con la conciencia; los que necesitemos declarar la nueva consagración civil, que nos juntemos a construir. No para formar una izquierda trasnochada, esa ya la han hecho en otros lados, sino para juntos sembrar y cosechar ideas de un nuevo amanecer. Llamemos a los intelectuales, hace tanto se les erradicó de la política, llamemos a los músicos, a los que han obrado con sabiduría aún en bote roto, es decir, llamemos a don Leonardo Garnier, llamemos a los que tanto han construido. Conjuremos la noche para construir bajo la luz de la luna. Ciertamente el amanecer se acerca más entre más conjuremos a la luna. Escribamos y construyamos sobre amaneceres, ni un día más de eterno atardecer.

