Yo confieso, que le extraño

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Categoría: Editorial
Publicado el Sábado, 01 Agosto 2009 Escrito por Marco Cañizales
Riardo Martin

Ante el recuerdo de su irremediable ausencia, ante la injusticia de la presencia de una tumba, hoy tengo el valor de aceptar mi condición de necrofilia. No en el carácter sexual y desventuroso, sino en el carácter de un ser amado que fermenta la tierra. Es un término agresivo lo sé, pero incluso la memoria de ese alguien que está ausente me obliga a ser aguerrido, tanto me advirtió de no tener miedo a denunciar, incluso sentimientos como estos que bajo la estricta etimología hablan de cosas horrorosas, si se leen con el alma y la oscura lucidez, entonces hablamos de gotas festivas.

La hipálage debe delatar que hablo de Ricardo Martin, maestro, amigo. Lo extraño. Y es que a su ausencia me he disparado más y más en esta ola literata de fuerza incontrolable porque se lo debo. Pero también me he disparado a arañar la tierra, buscando la luz de sus ojos, y lo consigo, pero no como quisiera.

Recuerdo bien muchas miradas marchitas y entrelazadas al ver bajar ese cuerpo, la mirada nos unió. Pero a muchos otros, a un tiempo, nos separó el abismo insalvable de ese cuerpo descendido en medio de nosotros.

“cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando.”

Hoy quiero pedir perdón a tantos y tantos que he evitado. Incluso a esa calle evadida le debo disculpas, no soporto mirar esa casa ya sin letras.

Hoy quiero confesar mi necrofilia porque pretendo sanarla, pero no completamente, no quiero, solo lo necesario.

Le pido perdón primero a las letras, porque las tuve en silencio tanto tiempo, le pido perdón a Don Ricardo, porque aunque lo manifesté de maneras diversas, no tuve el valor de confesarle el amor filial y profundo que le tuve. Le pido perdón a tantas citas canceladas de los pupilos, sé que muchos han hecho lo mismo; pido perdón a los que tanto les dije, te llamo después, y no he llamado. Todos pupilos, allegados, familiares de don Ricardo. He temido ver sus ojos porque sé que lo miraré a él que supo grabarse en sus almas. He temido como un cobarde lo que un hombre no debiese temer, he temido llorar. Pido perdón a la intérprete, resurectora de sus concejos. Perdón a sus hijas, tanto les he rehuido temiendo mirar sus ojos en ellas.

Y aun así recupero el canto evocado, “gracias a la vida, que me ha dado tanto”, y creo que la cantaron por mi que conocí a don Ricardo.

Hoy, luego de admitir el mal que me acosa, me siento más sano, pero no cuerdo completamente, no lo quiero así. Hoy debiera ser tiempo de que todos aquellos que nos sentimos colegiales bajo su tutela, nos aboquemos a la memoria, a la fiesta que nos dejaron sus palabras.

Hoy debemos honrar la vida, honrar las letras, honrar su nombre. Compartir otra vez la mirada, no ya con el horror de la ausencia, sino con el regocijo de su presencia, en tantas y tantas letras grabadas en nuestra memoria pues hablar de Ricardo Martin, es hablar de hipálages. Amén.

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