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La hoja de noche
La noche se iba congregando en una hoja de amapola, se iba cosechando poco a poco. Era un rocío negro que se aglomeraba en el centro de la hoja conforme pasaba el día. Pequeñas gotitas, cúmulos negros, hechos y sucesiones del tiempo que se sitaban en los bordes de la hoja y perezosamente, seguro con sueño, se iban deslizando a la asamblea nocturna de la gota de noche.
En la hoja siempre se congregaba la noche a la espera de caer sobre la tierra y cubrirla con de nocturnidad. Poco a poco, conforme pasaban las vivencias de los hombres y las bestias, la gota se iba hinchando hasta que el peso la obligaba a inclinarse para caer a tierra cubriéndolo todo con el alegre espanto de la oscuridad.
A veces los hombres vivían experiencias tan fuertes que la hoja se llenaba más rápido, a veces tenían vidas tan monótonas que duraba siglos en llenarse, de ahí vienen los días, unos tan largos y otros tan cortos.
Durante milenios la planta fue protegida, primero por las bestias, luego por hechiceros y antiguos sabios. Varios años después llegó el hombre con su retroceso y sus maquinas escavadoras, pero a pesar de esto no pudieron eliminar la planta protegiendo así a la sucesión continua de luz y oscuridad, del día y la noche.
Algo mítico protegía la planta, todo aquel que la iba a cortar recordaba de repente algo más importante que hacer o entraba en un enorme abatimiento y caía a tierra con su guadaña, llorando un viejo amor. Nunca nadie la había podido tocar. Tal vez por eso, y sin saberlo, el pueblo creció a su entorno protegiéndola, rodeándola con un hermoso parque boscoso. Ellos creían que el Parque era el centro del pueblo, pero era la amapola de la noche la que regía la distribución de los caseríos y quien estableció un pequeño bosque para protegerla.
Aragón se establecía como un pueblo próspero de pequeñeces, de minúsculos eventos que lo situaban al margen de los lugares importantes. Aragón se llenaba de gentes y de espantos, de destierros y olvidos, se inundó de distancia y los otros pueblos lo olvidaban alejándose continuamente, era el embrujo de la amapola. Todos los intentos de llevar el desarrollo al pueblo desembocaban en una ruina enorme y ostentosa, la noche reinaba y el pueblo jamás abandonaría su letargo. Era una misión santa que sus pobladores cumplían e ignoraban, proteger la noche.
El pequeño Aristives, el hijo de Savaleta, jugueteaba en torno a la planta mientras sus padres hurgaban el bosque en busca de hongos para comer. La comida escaseaba y el parque emanaba hongos que alimentaban, pero que solo el buen ojo sabía reconocer, nadie como el jornalero Savaleta para reconocerlos.
El pequeño Aristides, con sus manos pequeñas y su mundo recién descubierto, gateaba lleno de inocencia en torno a la planta. Tal vez por la inocencia del niño, o vaya uno a saber qué, la planta descuidó su hechizo, olvidó protegerse y el niño vio la gota conglomerándose en la hoja, era un orbe negro y brillante, una gota de noche. El niño haló la hoja y la gotita se tambaleó provocando la risa del pequeño quien repitió la hazaña. La gota reptó muy lentamente hacia la punta de provocando un rojo atardecer en el cielo. Luego la hoja lloró, depositó su lágrima negra en la roja lengua del niño que reía extasiado. El pequeño se bebió la noche.
Se quedó dormido y su cuerpo se llenó de noche, con la boca negra, la mirada nocturna y eclíptica. El jornalero lo tomó en brazos y corrió al doctor del pueblo quien no pudo diagnosticar más que su propia inutilidad.
Los ojos del pequeño se tornaron completamente negros, sin el espacio blanco donde antes jugaba la luz. Al mirarlo a los ojos se sentía la misma nostalgia que se siente al mirar las estrellas.
La hoja debió volver a iniciar el ciclo de colectar la noche y aquel fue un día muy largo que duro varios días pues los hombres se sentían cansados como para vivir de prisa. Por eso el día de la muerte del pequeño Arístides se recuerda como el día más largo de la historia.

