El hormiguero

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Categoría: Opinión
Publicado el Lunes, 08 Noviembre 2010 Escrito por Susana Soto
Fabián se detuvo frente a aquel hormiguero golpeado y lleno de actividad. Llegó asustado y desubicado, igual que sucede a las hormigas cuando su hormiguero o el de otras es destruido, quizás con ganas de dar media vuelta y no enfrentarse a lo que podía encontrarse allí. Sin embargo, tomó aire y avanzó hasta la entrada en la que otros miembros de la comunidad iban y venían sin parar. Preguntó dónde podía entregar los alimentos que había traído y aceptó gustoso regresar por el camino andado para llevarlo a otra cámara del hormiguero en donde se estaba haciendo acopio de todas las provisiones. Dio media vuelta, se detuvo un momento y regresó para decir que quería hacer algo más. Se le explicó que en ese momento, afortunadamente todo estaba bajo control, pero que podía anotarse en la base de datos de colaboradores porque la tarea apenas comenzaba y las manos comenzarían a escasear conforme los demás se fueran acostumbrando al paisaje destruido y se volvieran insensibles. Tomó papel y bolígrafo y escribió su nombre, número de teléfono y una leyenda que decía: "ofrezco transporte 4x4 y 4 extremidades". Lo entregó a la persona que le había atendido y partió con una sonrisa a entregar su contribución.

Adentro de aquella escuela que hacía las veces de puesto de mando del hormiguero, en uno de sus baños, estaba Valeria. Sostenía una garrafa con agua y no se apartaba del lavamanos más que para salir a llenar de nuevo la garrafa en los contenedores que estaban fuera del edificio. Las cañerías estaban secas desde hacía cuatro días, pero Valeria entendía perfectamente que nadie podía salir de aquel baño sin lavarse las manos si queríamos evitar que la emergencia se complicara. Pacientemente y con una sonrisa, ella hacía las veces de grifo y derramaba el agua cuidadosamente administrada, sobre las manos de quienes utilizábamos el recinto. No le pregunté la edad, pero no pasaba de los 11 años y había llegado allí con su madre que se multiplicaba en la cocina para atender aquel ejército de obreras que circulaban por el hormiguero.

Magaly estaba afuera del baño y ella fue quien me dijo ya muy entrada la tarde que esa niña se llamaba Valeria y que había estado allí durante dos días haciendo esa paciente labor. También me contó que su madre había tenido que llevársela casi arrastrada porque ella insistía en quedarse hasta que fuera necesario. Magaly es una mujer que se levantó ese día a las 4 de la mañana para dejar avanzadas sus labores de ama de casa y el sustento de los suyos asegurado, trasladarse muchos kilómetros por sus propios medios y llegar hasta aquel lugar en donde otras hormigas necesitaban su fuerza. Durante todo el día la vi con un pesado trapeador en sus manos, yendo y viniendo por los corredores y aulas de aquella pequeñita escuela, manteniendo los pisos impecables y sin rastro del barro destructor que se había llevado la vida y las pertenencias de varios de sus semejantes. Limpiaba una y otra vez los pisos que permanecían tan limpios que intimidaron a Raúl, el jefe de uno de los grupos de hormigas guerreras que salían constantemente a la montaña a pelear con el barro para rescatar lo que se pudiera y regresaban con la ropa y el cuerpo enlodados, cansados y frustrados esta vez por no haber podido encontrar a la última persona que buscaban. Al ver a Raúl parado frente al corredor, sin saber qué hacer ante esa superficie nítida que inevitablemente ensuciaría, Magaly sonrió, detuvo su labor y le dijo: "esto lo hacemos por ustedes y lo haremos cuantas veces sea necesario. Pase adelante, en la cocina hay café y comida calientes." Raúl sonrió aliviado y avanzó por la orilla del corredor caminando con cuidado extremo para ensuciar lo menos posible.

En el comedor, Raúl se sentó al lado de don Beto, otra hormiguita que había llegado silenciosa y sin saber qué hacer. Vivía hasta hace unos días en la zona del hormiguero que ahora no existe. Afortunadamente había podido sacar a su familia y llevarlos a casa de unos familiares. Él se quedó durmiendo en un galerón para cuidar dos o tres cosas materiales que le habían quedado, no tenía qué comer y no sabía qué hacer sin su familia allí. Esa mañana se había animado a acercarse a la escuela porque el hambre hacía de las suyas. Pero no sabía cómo llegar solo a pedir. Siempre ha trabajado duro para lograr su sustento y el de los suyos, así que llegó a ofrecer sus brazos. Quería picar leña, que es lo único que ha aprendido a hacer dentro de las labores domésticas, pero en aquella cocina se usaba gas. Entonces se ofreció a jalar el agua que fuera necesaria. Y así lo hizo por horas y horas, hasta que la debilidad no pudo más con él y aceptó sentarse a comer, sintiendo que ahora sí, se lo había ganado.

Luego llegaron Andrea, Rebeca, Paula y un grupo más de amigas que se habían reunido por la tarde a cocinar y llevaron bandejas enormes de gallo pinto y otras delicias para que el batallón de hormigas rescatistas que ya casi bajaba de la montaña, pudieran alimentarse. Ellas viven cerca, en otra camarilla del hormiguero bien acondicionada y con lujos que no llegan a este sector de la comuna. No se sintieron cómodas con solo dar un clic y hacer una donación desde sus cuentas y durante los dos días del fin de semana se organizaron para hacer esto. Las atendió Lucía, una hormiguita que tenía sus pies cansados porque el día anterior había tenido un ensayo de más de cuatro horas para una presentación de ballet. Ella, a sus 13 años tiene la dicha de vivir en otro hormiguero, menos dotado de lujos que el de esas amigas, pero seguro y con lo necesario; ese domingo, renunció a permanecer bajo las cobijas todo el día para caminar kilómetros en un ir y venir por los pasillos de ese lugar, colaborando a ubicar la gente que necesitaba alguna información o servicio.

Antes de este grupo, habíamos tenido una invasión también. Como el mejor batallón organizado, unas hormiguitas de toda clase y edad, venidas de un hormiguero llamado Tips, llegaron con ollas, cocinetas, mesas, platos, vasos, cucharas y, lo más importante: comida para 600 personas. Los dueños de ese hormiguero, junto a todas y todos sus colaboradores, algunos de los cuales a su vez llevaron a sus familias, llegaron como una tromba benéfica y nos inundaron de un glorioso arroz con pollo que en esparció su aroma por todos los rincones y arrancó sonrisas a todos. Sonrisas tan hermosas como la del pequeñín de camiseta anaranjada que repartía cucharadas de frijoles sintiéndose importante en aquel trajín. Lo habían hecho el día anterior también, sin que nadie se los pidiera y sabiendo que el día siguiente, muy temprano tendrían que volver a sus trabajos.

No sé cuántas historias más podría contar aquí. Éramos cientos en aquel hormiguero ayer. La del grupo de hormiguitas guatemaltecas que vinieron con fuerza de cuerpo, alma y corazón a pelear con la montaña, codo a codo con ticos, nicas y no sé cuántas nacionalidades más. La del cantante famoso que llegó a palmear los hombros de hormigas dolidas y cansadas, tomarse fotos pacientemente e iluminar con una sonrisa aquellas cámaras del hormiguero, sabedor de su poder como figura pública admirada y querida por muchos, pero sobre todo de su fuerza como ser humano...

También está la de la hormiga altanera que llegó a reclamar "sus derecho" a pasar con su carro hasta la cochera de su cómoda camarilla para no embarrialarse, en un camino angosto que se necesitaba despejado para los vehículos los grupos de rescate. La de las hormigas que venían de otros hormigueros a observar, a olfatear la muerte como un espectáculo y retratarla...pero eso no tiene caso acá. Nada de eso lograría opacar los esfuerzos y el positivismo que inundaba aquel lugar en el que, por supuesto había reinas (y reyes). Catalina, José Rodolfo, don Marco, el jefe Escalona, el coordinador de paramédicos cuyo nombre no recuerdo, los jefes de Fuerza Pública y Bomberos y tantos otros que seguramente se queden fuera de esta lista. Pero eran estas, reinas que no luchaban por el control individual del hormiguero sino que sabían amarrar esfuerzos para poder orientar a todas aquellas obreras y guerreras que asumieron su compromiso por el hormiguero.

Hoy amanecieron menos hormigas por allá. Algunas han tenido que volver a su hormiguero. Las que aún permanecen van a seguir tratando de sacar de la montaña el cuerpo de una hormiguita muerta y de ayudar a otros miembros de la comuna a recuperar sus pertenencias. Los demás, volvemos a nuestros nichos, la mayoría sintiendo que algo hicimos desde donde pudiéramos y sabiendo que muchos otros habitantes de este hormiguero mayor que se llama Costa Rica, respondieron al llamado de auxilio que se emitió. Pero también, preocupados porque, si bien, la emergencia comienza a estar bajo control, aún no pasa y hay muchas otras camarillas tremendamente maltrechas.

Ojalá, igual que las hormigas, podamos comprender que este país, este mundo, es un solo hormiguero y que lo que suceda en un sector nos afecta a todos, aunque los efectos no lleguen directamente a la comodidad de nuestro entorno inmediato. Que todas las camarillas se conectan para permitir que pasen el aire, los alimentos, la luz. Que también, cuando entra el agua por un agujero poco a poco va se va filtrando a los conductos que nos unen hasta socavarlos. Que somos una comunidad y como tal, todo lo que hagamos o dejemos de hacer tiene un efecto en el bienestar de los demás...y en el propio.


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