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No le tema al Aquelarre
El pasado 28 de abril corrieron los embrujos en el Centro Cultural Norteamericano donde seis brujas conjuraron su nuevo libro: Aquelarre.
El libro consta de nueve cuentos y seis mujeres cuentistas que, efectivamente, nos conjuran con sus letras y nos hacen querer leerlas más y más.
Las muy temidas, pero nada feas, brujas son: Jessica Clark, Marcela Mora, Evelyn Ugalde, Mariana Castillo, Marìa Luz Ruiz (DIMIDI) y Ericka Lippi, además en el conjuro participa la ilustradora Yoji Mora.
Este libro es la segunda entrega de la Editorial Club de Libros y en esta ocasión reúne a estas talentosas escritoras bajo este título. Algunas más expertas, otras no tanto, pero todas con un gran potencial y un arrojo increíble para narrarnos desde historias verdaderas de terror hasta las historias y leyendas típicas o urbanas con una perspectiva bastante novedosa y atrevida.
Puede adquirir su embrujo en la Librería Univesitaria de la UCR o también visitando la página de Club de Libros o bien en la Página madecostarica.com
Les dejamos un hechizo bastante peculiar y poderoso escrito por la bruja Marcela Mora.
Tejidos
Sus tejidos parecían seda. Los colores que utilizaba jugaban entre los blancos y grises con algunas chispas de negro de vez en cuando. Todos los sentidos se excitaban al usar las prendas que delicadamente elaboraba.
Ver aquellos hilos de plata hipnotizaba a tal punto, que no importaba el precio: había que comprar la prenda. Cuando sus abrigos tocaban la piel, una extraña sensación de delicia erizaba todo el cuerpo, y el cuero cabelludo parecía desprenderse y volver a caer suavemente sobre la cabeza. Y el olor... era extraño porque no era del todo agradable, pero una vez que olías la prenda, no la podías dejar ir: querías tenerla cerca siempre; era un olor más allá del entendimiento, como una mezcla perfecta de muchos aromas, como a flores, hierbas y esas mezclas químicas de laboratorio que a todos, aunque no lo admitamos, nos gusta al menos un poquito. Estoy segura de que si alguien alguna vez llegó a comerse esos hilos de plata, le deben haber sabido a gloria. Y por último, el oído... era extraño, pero si ponías mucha atención, la tela parecía emitir ruidos casi imperceptibles como de voces que arrullaban... y eso era lo más fantástico. Los abrigos tejidos por ella eran lo mejor que había para arrullar a los niños: desde los recién nacidos hasta los más grandes, caían profundamente dormidos cuando les ponían la prenda.
Ya estaba anciana, pero los pedidos no dejaban de llegar, y ella seguía tejiendo. Según decía, para eso había nacido. Todos temíamos que un día nos dejara y ya no tejiera más. Y sucedió... un día la muerte llegó, y ya no pudo seguir tejiendo... exactamente el mismo día que los muertos de mi barrio dejaron de perder su cabellera.

