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Hormigas sedientas
Varias hormigas se agruparon alrededor del vaso. Se asombraron instantáneamente de que parecía ser más alto de lo que recordaban, ya se estaba convirtiendo en florero.
Las más osadas se atrevieron a golpear el vidrio para ver si se les atendía, sentían mucha sed y la imagen del vaso les apedreo en la garganta dejando una sensación de insatisfacción, de hambrienta hartadura.
Habían pasado ya muchos años desde que les pidieron ayuda para llenar el vaso con la firme promesa de que el mismo se desbordaría, el agua caería por las orillas y un oleaje de infinita misericordia llegaría hasta sus hormigueros permitiéndoles deleitarse con el goce eterno del agua. El vaso, un manantial común, un anhelo y consuelo permanente.
Golpearon el vidrio y no lograron respuesta. Sabían que dentro del vaso habitaban peces llevando una vida llena de placeres cristalinos que las hormigas solo podían imaginar, aunque la verdad no tenían idea de cómo se sentía nadar. A lo lejos observaron varios peces, grandes, verdaderamente grandes, les causaban temor. Varios creyeron observar incluso tiburones.
El vaso seguía firme, por un momento el agua pareció a punto de desbordarse pero instantáneamente el cristal subió y la esperanza del agua prometida se marchitó remplazada por la lágrima segura en los ojos de todas las hormigas. Otra pedrada aguzaba las gargantas tristes de los que tenían sed. El manantial de agua tan cerca, tan ahí.
Fue una hormiga roja la que tomó la iniciativa, tomó una piedrecilla del suelo, probablemente la que acababa de golpear su garganta, y la arrojó al vaso. El vaso siguió firme.
Desde la primer pedrada hubo un silencio escandaloso, luego inició un vuelo rencoroso de pequeñas piedrecillas contra el vaso. Un golpe, otro más. Y miles. Miles de golpes latigando al vaso, las piedrecillas parecían sacar pecho antes del contacto final con el vidrio. Una hormiga gritó algo inentendible pero todas supusieron que el grito significaba fuerza, esas palabras perdidas entre el choque de piedras y cristales parecieran dar de beber una fuerza nueva a las hormigas agrupadas.
Un pequeño trozo del vidrio cayó y lastimó a una hormiga. Las demás, heridas en su ego, ametrallaron contra el cristal en la parte herida. La piel cristalina del vaso se fue abriendo, poco a poco. El vaso comenzó a sangrar el agua de la equidad, las hormigas empezaron a beber embrutecidas, furiosas.
Primero llegó un pez, luego otro y empezaron a taponear el cristal herido. El vidrio parecía agradecerlo. Las hormigas se cargaron de furia, el agua que habían apenas probado les despertó más sed aún que antes. Los peces empezaron a taponear más la reventadura. Llamaron a ese desliz cristalino crisis. Sin querer dieron de beber más de lo que debían a los peces. O mejor dicho, sin querer, les dieron de beber. Trataron de corregir el error por todos los medios, gritaban al otro lado del vidrio que tuvieran paciencia, que el vaso sanaria y el derrame prometido llegaría desde el borde. Era demasiado tarde.
Miles de piedrecillas volaron hacia la reventadura, el vaso se rompió. Los peces murieron ahogados ante la sequedad, no sabían vivir sin agua. Las hormigas naufragaron en el agua, no sabían vivir en ella. En todo caso, fue más fácil rescatar a algunas hormigas, no quedó ningún pez.


Comentarios
la rabia social siempre es el eje.
No se logra igualdad bajando a los peces, si no subiendo a las hormigas.
Somos una multitud de "hormigas sedientas", pero es gracias a la falsa promesa de beber el agua, habitat de los peces que se vuelan en ella.
Solo creo que deberíamos pregunatrnos:
¿de qué forma pensaríamos si fuesemos un pez y alguien golpera las paredes de nuestro entorno, hasta herirlas de muerte?
Un abrazo
Arabella
Arabella, me conmueves. No estoy tan seguro de si en mis letras se ve la huella de El Maestro. Al menos sé que en mi vida si quedó.
Un abrazo,
Marco
Quienes se sienten hormigas?
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