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La telaraña del amor
Cura viejoAl traspasar la gruesa puerta de madera del nightclub, sintió que unas enormes fauces, de profunda oscuridad opaca y largas como un esófago vacío, se la tragaban.
Tuvo miedo. Quiso detenerse y resistir. Intentó apoyarse en uno de los guardianes del local, pero éste no sólo le negó el brazo, sino que la empujó hasta la mitad de la calle. Ya no brillaban las luces de fantasía que venden ilusiones. Un callejón protegido por altos y viejos edificios trazaba la única vía de salida. En la franja de cielo que se abría por arriba no se percibía ningún reflejo de claridad, no se veía ninguna estrella. Más bien, negros nubarrones anunciaban la lluvia que caería con el inminente despertar del alba.
Rompió las reglas establecidas... Ella fue.
Ella no tenía mucha oportunidad. Cuando Julio le pidió que se acostaran, ella se vio obligada a aceptar. Más tarde, fue Rubén el que la acosó y ella nada pudo hacer para evitarlo. La mujer, ardiente en apariencia, sucumbía ante la insistencia de los hombres. Veinte fueron los que se movieron en torno suyo en pos de sus frutos generosos. La Calera
Alguna vez, en lejanas épocas sin historia, el mar había llegado hasta allí. Por eso en el tajo hay fósiles de conchas.
-Buenas tardes, Eliseo.
-Buenas tardes, ñor Rosales. ¿Qué lo trae por estos lados?
-Pues nada, Eliseo; el gusto de saludarlo.
Y ñor Rosales entró en el encaladado galerón de la calera.
Casi todo es blanco: el camino, el puente, el muro, la tranquera, la casa y los troncos de los árboles. En el fondo el escarpado tajo de piedra caliza, con el gris del tiempo. Cuando el sol baja, quiebra sus rayos en las lajas de la escarpa, y los rayos caen despedazados sobre los potreros.
La abuela trinirogaba
Hacía más de un mes que Adriana había vuelto al pueblo con el único motivo de vender su casa de infancia, la casa de la abuela. No había cambiado mucho el barrio, la única diferencia era el moho grisáceo en el frente de lo que fue su casa.
Deambuló por San Vito sin atreverse a cumplir su destino, hasta que finalmente llegó a la casa. Colocó las cosas frente a la ventana, la espátula y los cepillos. Empezó arrancando las partes desprendidas de la pintura. ¿Era esa la pintura que había puesto el tío Alfonso? Las manos se le fueron ensuciando durante el trabajo. No, el tío Alfonso solo pintaba de blanco, no le gustaban otros colores y ésta es verde. La espátula parecía arrancar fragmentos de historia y removía los recuerdos. ¿Cuántos días le llevará terminar ese trabajo?
Nos invade la oceanía
Rebeca miraba por la ventana con sus ojitos vacíos de mar, una oleada de autos reventaba contra el semáforo en rojo y ella se aburría mirando el cristalino negro del asfalto.

