Vivir es sumamente fácil, al menos cuando se tiene diez años. Gael tenía once cuando su vida comenzó a desmoronarse. Años más tarde llegaría a pensar que el ascenso en la madurez era una irónica forma de descender en la vida.
A los once años justamente perdió a sus padres, fue protegido entonces por su abuelo, un viejo anarquista español que se empeñó en enseñarle el misticismo libre del esperanto como lengua futurista y de unificacion.
Yo escribí cinco versos: uno verde, otro era un pan redondo, el tercero una casa levantándose, el cuarto era un anillo, el quinto verso era corto como un relámpago y al escribirlo me dejó en la razón su quemadura.
Ante el recuerdo de su irremediable ausencia, ante la injusticia de la presencia de una tumba, hoy tengo el valor de aceptar mi condición de necrofilia. No en el carácter sexual y desventuroso, sino en el carácter de un ser amado que fermenta la tierra. Es un término agresivo lo sé, pero incluso la memoria de ese alguien que está ausente me obliga a ser aguerrido, tanto me advirtió de no tener miedo a denunciar, incluso sentimientos como estos que bajo la estricta etimología hablan de cosas horrorosas, si se leen con el alma y la oscura lucidez, entonces hablamos de gotas festivas.
El olor a rosas y el incienso le recordaron la prominente llegada de su muerte, cada día la veía venir más cercana y menos ausente. La procesión continuaba y pese a las suplicas de Remedios ella no cedía el anda porque quería cargar con aquel peso de la imagen de la Virgen de Fátima. Cercana la sepultura, necesaria la expiación. Era una santa, y como buena santa no se sentía merecedora del cielo. Sin hijos, sin nietos, ni siquiera sobrinos, se había sometido a la santa devoción de la soledad, a la contemplación de una casa pulcra, a los rosarios donde Remedios, a las reuniones de las damas marianas, a hacer arreglos florales en el altar. Extenuada, ya finalizada la procesión, se entregó al rosario en la compañía de la virgencita en su cuarto, cerró la puerta del cuarto con llave, más por costumbre que por seguridad, y se dejó dormir, a sabiendas de que eso era un ensayo de la muerte.
No puedo obviar que desde hace mucho las cosas van mal, pero desde hoy cuando iban mejor, empeoraron.
Mientras los nervios, el miedo, el deseo del calor ausente y la necesidad de remendar una relación que ha crecido entre lo prematuro y la voluntad crecen, me armo de valor y emprendo un viaje hacia lo incierto y casi deducible.
La madrugada se refresca la piel con una manta húmeda que al agitarse invita a bailar a los árboles. Los grillos y los sapos decansan; muchas estrellas se dibujan en las mejillas del cielo. Hace poco regresamos de una velada agradable.Me preparo: limpio mi rostro, cepillo los dientes, me perfumo el alma de recuerdos que reviven momentos hermosos; saco la bata y sonrío plácida, radiante por fuera, recostada sobre la cama. Mi rostro es un teatro donde se presenta la obra de deseos.