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Nos invade la oceanía
Rebeca miraba por la ventana con sus ojitos vacíos de mar, una oleada de autos reventaba contra el semáforo en rojo y ella se aburría mirando el cristalino negro del asfalto.¿Cómo se hizo el mar?, preguntó a la monja más próxima, la monja titubeó y estuvo a punto de darle una mirada de reprobación por haberla hecho vacilar ante una consulta en apariencia tan sencilla. Fue el padre Miranda quien se acercó a la niña, el mismo que la había recibido cuando la trajeron los del patronato, le dijeron que ese era su nuevo hogar y que todo estaría bien. Dios hizo un huequito en la tierra, mi niña, echó un poquito de agua en él y dijo hágase el mar, y las tierras se abrieron formando los mares, no uno, sino muchos mares.
La niña volvió a mirar el mar de asfalto con olas de carros renovados, espumas de pitoretas y los desechos de botellas plásticas que arrojaba a la orilla de las aceras.
Recordaba el mar verdadero, recordaba una carreta y un padre. Recordaba la paz oceánica, la lentitud del movimiento sobre las grandes ruedas de la carreta de los copos y al padre semi ebrio durante el día y perdido en el silencio de la embriaguez total de la noche.
Fue la única época en que se sintió feliz, con aquel mar azul que le prometía la inmensa libertad que su tempranera edad aún no lograba interpretar, el padre parecía ser más bueno meciendo su borrachera al compás de las olas y la golpeaba menos. Durante el día iba sentada sobre el carro de los copos, a veces descendía de ahí y se dedicaba a juntar conchas que limpiaba con sus manitas de sueños. A la noche el padre se embriagaba tanto que ella podía sentarse frente a la arena y disfrutar de la calma tan merecida a esa pequeña edad.
Luego el padre decidió volver a San José con ella, ahí se envició más y pronto llegó el patronato para llevarla a un nuevo hogar. Desde su llegada, hacía una semana, no había pronunciado una palabra, no había preguntado por su padre ni cuando saldría de ahí; solo se dedicaba a mirar el mar de carros de lata que corría frente a sus ojos y pensaba que las olas de aguas tenían un compás más sereno y silencioso. Solo habló para preguntar como se había hecho el mar.
Fue obediente con las monjas siempre, ayudaba en todo lo que podía, en lo que le solicitaban y en lo que ella creía que también podía ayudar.
Se levantó de su asiento dejando atrás la ventana con vista a la calle, sonrió al padre Miranda quien contaba las cobijas nuevas que un hotel capitalino había desechado y regalado al orfanato. Salió al jardín, hizo un hueco pequeño frente al rosal y depositó agua en él. Hágase el mar. Pero el mar no se hizo y la tierra negra se trago el poquito de agua convirtiéndose en lodo, sin la magia de las arenas húmedas. Pensó que debía lograr que el agua se quedará estancada antes de dar la orden, buscó en el suelo y encontró una chapita de coca cola. Puso la chapita boca arriba, incrustada en la tierra, depositó aguas nuevas en ellas. Hágase el mar. El mar no se hizo, recordó que Dios había soplado sobre el hombre recién hecho de barro. Hágase el mar. Y sopló el agua. Las rosas comenzaron a desprender arenas con aromas que poco a poco fueron cubriendo el suelo excepto la chapita que contenía el agua. La niña sonreía y sus ojos se fueron volviendo cristalinos mientras reflejaban el agua que surgía y cubría todo, desde el jardín del orfanato hasta donde la vista de ella podía alcanzar. La ciudad se tornó mar, se volvió serena y llena de espumas. Los coches se convirtieron en peces que venían a besar los pies de la niña quien ahora disfrutaba del atardecer con sus deditos zambullidos en las espumas.
El padre Miranda salió del orfanato y se asombró por lo que sus ojos miraban, tuvo tiempo solo de avisar al vaticano que el mundo entero estaba siendo cubierto por las aguas, todo el mundo frente a la mirada de la niña desaparecía en la capa azul y acuosa de la tranquilidad salina. Notifíquese al mundo de este milagro, obra y gracia de Dios concedida a la niña, nos invade la ocenía.
Recordaba el mar verdadero, recordaba una carreta y un padre. Recordaba la paz oceánica, la lentitud del movimiento sobre las grandes ruedas de la carreta de los copos y al padre semi ebrio durante el día y perdido en el silencio de la embriaguez total de la noche.
Fue la única época en que se sintió feliz, con aquel mar azul que le prometía la inmensa libertad que su tempranera edad aún no lograba interpretar, el padre parecía ser más bueno meciendo su borrachera al compás de las olas y la golpeaba menos. Durante el día iba sentada sobre el carro de los copos, a veces descendía de ahí y se dedicaba a juntar conchas que limpiaba con sus manitas de sueños. A la noche el padre se embriagaba tanto que ella podía sentarse frente a la arena y disfrutar de la calma tan merecida a esa pequeña edad.
Luego el padre decidió volver a San José con ella, ahí se envició más y pronto llegó el patronato para llevarla a un nuevo hogar. Desde su llegada, hacía una semana, no había pronunciado una palabra, no había preguntado por su padre ni cuando saldría de ahí; solo se dedicaba a mirar el mar de carros de lata que corría frente a sus ojos y pensaba que las olas de aguas tenían un compás más sereno y silencioso. Solo habló para preguntar como se había hecho el mar.
Fue obediente con las monjas siempre, ayudaba en todo lo que podía, en lo que le solicitaban y en lo que ella creía que también podía ayudar.
Se levantó de su asiento dejando atrás la ventana con vista a la calle, sonrió al padre Miranda quien contaba las cobijas nuevas que un hotel capitalino había desechado y regalado al orfanato. Salió al jardín, hizo un hueco pequeño frente al rosal y depositó agua en él. Hágase el mar. Pero el mar no se hizo y la tierra negra se trago el poquito de agua convirtiéndose en lodo, sin la magia de las arenas húmedas. Pensó que debía lograr que el agua se quedará estancada antes de dar la orden, buscó en el suelo y encontró una chapita de coca cola. Puso la chapita boca arriba, incrustada en la tierra, depositó aguas nuevas en ellas. Hágase el mar. El mar no se hizo, recordó que Dios había soplado sobre el hombre recién hecho de barro. Hágase el mar. Y sopló el agua. Las rosas comenzaron a desprender arenas con aromas que poco a poco fueron cubriendo el suelo excepto la chapita que contenía el agua. La niña sonreía y sus ojos se fueron volviendo cristalinos mientras reflejaban el agua que surgía y cubría todo, desde el jardín del orfanato hasta donde la vista de ella podía alcanzar. La ciudad se tornó mar, se volvió serena y llena de espumas. Los coches se convirtieron en peces que venían a besar los pies de la niña quien ahora disfrutaba del atardecer con sus deditos zambullidos en las espumas.
El padre Miranda salió del orfanato y se asombró por lo que sus ojos miraban, tuvo tiempo solo de avisar al vaticano que el mundo entero estaba siendo cubierto por las aguas, todo el mundo frente a la mirada de la niña desaparecía en la capa azul y acuosa de la tranquilidad salina. Notifíquese al mundo de este milagro, obra y gracia de Dios concedida a la niña, nos invade la ocenía.

