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La telaraña del amor
Cura viejoAl traspasar la gruesa puerta de madera del nightclub, sintió que unas enormes fauces, de profunda oscuridad opaca y largas como un esófago vacío, se la tragaban.
Tuvo miedo. Quiso detenerse y resistir. Intentó apoyarse en uno de los guardianes del local, pero éste no sólo le negó el brazo, sino que la empujó hasta la mitad de la calle. Ya no brillaban las luces de fantasía que venden ilusiones. Un callejón protegido por altos y viejos edificios trazaba la única vía de salida. En la franja de cielo que se abría por arriba no se percibía ningún reflejo de claridad, no se veía ninguna estrella. Más bien, negros nubarrones anunciaban la lluvia que caería con el inminente despertar del alba. Detrás de aquella puerta había dejado sus rutilantes afeites. Su tocado de lucero nocturno estaba ahora sin brillo y sin seda. Sus perfumes embriagadores se habían apagado. Sólo quedaba ella en medio de la calle, marchita, el cuerpo adolorido, los pies inflamados, los párpados caídos, el alma humillada, la autoestima derrotada, la moral desvanecida.
Comenzó a caminar, fingiendo que se protegía del frío con un mantón ya sin color ni tersura que abrigara. Dardos de viento helado iban punzando su piel gastada. Los huecos y las piedras del pavimento la obligaron a quitarse los zapatos de tacón alto. Sintió una sensación de firmeza y realidad al pisar con el pie desnudo la superficie áspera y punzante. A medida que avanzaba con pasos inciertos perdía el efecto de las luces multicolores e intermitentes y de la música estridente del nightclub y comenzó a percibirse de nuevo como ella era, su cuerpo, su historia, su alma, su amor.
Iba dejando perdida las falsas ilusiones. Los piropos, los susurros de amor, los suspiros y los jadeos de lujuria de los clientes iban deslizándose por su piel y cayendo esparcidos en el pavimento. Desde su cara y su pelo, iban recorriendo sus senos, sus caderas, su pubis, sus muslos y sus piernas, para quedar regados por la calle, como falsos billetes de un día de carnaval. Por sus brazos y los dedos de sus manos, sin finura ni carnes de terciopelo, iban bajando los abrazos pagados, las caricias con precio y los tactos eróticos vendidos. El viento le arrebató de sus labios los besos valorados en moneda. Sus ojos parpadeaban para echar a la calle oscura las miradas lascivas de sus falsos amantes y probar su engaño, estrellándolos contra el desagüe sucio y maloliente. Su nariz se respingó para expulsar por el aire frío los efluvios venéreos obligados. Su lengua se crispó al escupir el recuerdo de los fluidos corporales ajenos, que se volatilizaban al contacto con la atmósfera húmeda de la noche.
Conforme avanzaba, le parecía sentirse más ligera, más ágil y más veloz y disminuía su sensación de ser engullida en un túnel sin salida. No quería ser molida con los otros desechos de la vida nocturna, ni reducida a una masa amorfa y digerida para ser utilizada y luego expulsada.
Quiso correr para alcanzar el final del callejón lo antes posible y abrirse al espacio, a la luz y a la libertad. Pero al coger aliento y tomar impulso fue frenada por miles de hilos que la sujetaban y que eran sostenidos por los piropos, los jadeos, los abrazos, las caricias, los tactos, los besos, las miradas, los fluidos y los efluvios, que ella creía haber dejado perdidos. Todos ellos tiraban de su hilo, protegidos por la oscuridad de la noche, para que la telaraña estuviera tensa, rígida y fuerte y anulaban todo esfuerzo para dejarlos perdidos. Ninguno quería soltar a su víctima.
Ella pujó, sudó y lloró por avanzar hasta el final. No quería volver a encontrar la luz del día en aquella prisión y miseria. Muy poco avanzó. De pronto su pie se hundió en el hueco de una alcantarilla y arrastró todo su cuerpo. Creyó haber vencido la resistencia de los hilos. Se dejó tragar por la corriente. Pero al caer en las aguas negras, comprobó que sus captores venían con ella, para ser sus mercaderes para siempre.
Autor: Javier Solís

