Estado de cuenta

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Categoría: Narrativa
Publicado el Martes, 13 Julio 2010 Escrito por Marco Cañizales

CigarrosLa tarjeta me negó delante del chino, juró no conocerme. El chino me miró con mirada china y acusadora mientras con la mano derecha acercaba el paquete de cigarros hacia su lado y lo alejaba de mí. Hacía un mes que no fumaba y deseaba ese paquete más que nada, pero la tarjeta negó conocerme, dijo um um, apareció una leyenda de retener en la máquina y el chino retuvo también la tarjeta, como si ella pidiese auxilio de mí, su vil secuestrador, su violador y sadomizador. La tarjeta gritaba que me desconocía y que la pusieran a salvo, yo tenía el paquete de cigarros muy lejos, o cerca, pero alejado por las rejas de dedos largos y blancos del chino, con sus ojos rasgados gritándome, no silve, vaya fuela. Yo con mis ojos redondos gritándole, andáte a comer mierda, siempre te compro y me vas a negar los cigarros. Los ojos rasgados se cerraron más,  como el crédito de la tarjeta, y me dijeron, vaya fuela, no silve taljeta. Le menté la madre con mis ojos bien redondeados y salí escupiendo rabia y ansiedad. La nicotina que quedaba en mí tras un mes se sentía derrotada y aniquilada.

La tarjeta me negó, pidió auxilio. Debí haber escuchado con mayor atención las llamadas de amenaza, me llamaron varias veces pero pensé que era una burla, un enjache bravucón del llamante. Exigía dinero, recuerde la fecha límite o nos veremos forzados a retirársela. Pensé que estaba exagerando, que solo era para asustarme y ver si me sacaban algo, pero no mintieron, cumplieron. No pagué y me secuestraron la tarjeta, jamás pensé que el chino estuviese involucrado.

Llegué a casa y recordé el otro secuestro, el de ella, ella que se fue cuando tampoco pude darle dinero para sostenerla, cuando le negué la pantalla plasma, los zapatos nuevos y la ropa nueva, las idas al cine, comer afuera, comer carne todos los días, le negué la televisión por cable, el pago del celular y terminó negándome, desconociéndome cual tarjeta de crédito frente al chino. De eso hacía quince días, de haberlo sabido no dejo de fumar, pero aún así me mantuve fuerte, me mantuve firme en dejar el vicio, al cabo no había dinero para cigarros tampoco.

Pero hoy la recordé y sentí demasiado mi abstinencia de ella, mi cuerpo me la pedía a gritos, exigía a Mauren bajo mi cuerpo, Mauren sobre mi cuerpo, Mauren al costado, Mauren en cualquier posición, exceso de Mauren. Y la recordé cuando saqué el pantalón y, como siempre, no pude distinguir dentro de la casa si era azul o negro para escoger las medias que combinaran, sólo ella sabía reconocerlo bajo la lámpara del cuarto, yo tenía que buscar la luz del sol para estar seguro y ese día estaba nublado y maldita sea, no está Mauren y no puedo ponerme el pantalón, no sé qué color de medias usar. Y si estuviera Mauren me quitaría el pantalón y le haría el amor, pero no está, se fue porque mi jefe, y las ventas, y las comisiones. Y el maldito de García que sí vende, en medio de la jueputa crisis García sí vende y como es que él sí vende y vos no. Entonces me fui por cigarros, porque jueputa, García fuma, y si él fuma, ¿por qué yo no?; pero la tarjeta, y el cabrón del chino. Y yo sin plata, y le grité al jefe, seguro la histeria de no haber fumado, a García le rayé el carro, vine a casa dispuesto también a gritarle a ella que no joda, comida hay, no de reyes, pero hay, lo que no hay ya es ella, no hay Mauren, y sin Mauren no hay pantalones de colores definidos, ni Mauren para quitarme los pantalones y jueputa sal, tampoco hay cigarros porque la tarjeta me niega, como Mauren, como el jefe, como el trabajo, como las ventas. Y no fumo ni cojo.

Me siento en el piso ya sin pantalones, derrotado, busco un estado de cuenta y una foto de Mauren, me los fumo.

 

 

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