| |
Ella, la Tristeza

Quisiera acompañarse con la música. Tal vez Liszt, algo de jazz o un tango. Pero la energía se le ha ido escurriendo y no desea siquiera pensar en moverse. La más desteñida idea la perturba. Le gusta el tacto de la bata. La toca suavemente, como quisiera ser ella tocada, y no se identifica con sus dedos. Ella toca, pero no siente lo que toca, es ella pero desde una mano ajena y de pronto no sabe si es ella o es lo que soñó que podría ser ella. Flaca. Bien podría terminar escapándose por un desagüe. Le teme a las duchas, sus enemigas cotidianas. Al sol también y a los pericos que se empeñan en llenar el aire de sonidos. Su cara lavada le huye al maquillaje. Tal vez un vaso de agua o de esperanza la diluyan. No se sabe si necesita amigos. O mejor dejarla así, tranquila, que tome el ritmo que quiera, que se adapte a las circunstancias.
Lo único preocupante tal vez es su indolente insolencia. Ha llegado y tiene varios días allí, echada, sin hablar con nadie, ni compartir sus planes. No se sabe si está confundida, si su visita será breve o si ha resuelto quedarse como si la hubiesen invitado, mejor aún, como si estuviese en casa propia.

