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Bitácora de una mujer casada
No puedo obviar que desde hace mucho las cosas van mal, pero desde hoy cuando iban mejor, empeoraron.La madrugada se refresca la piel con una manta húmeda que al agitarse invita a bailar a los árboles. Los grillos y los sapos decansan; muchas estrellas se dibujan en las mejillas del cielo. Hace poco regresamos de una velada agradable. Me preparo: limpio mi rostro, cepillo los dientes, me perfumo el alma de recuerdos que reviven momentos hermosos; saco la bata y sonrío plácida, radiante por fuera, recostada sobre la cama. Mi rostro es un teatro donde se presenta la obra de deseos.
Él, ignorante, callado, sigue mis pasos sin percatarse de que pronto nacerá la aurora entre el silencio y el olor de la poca fe. Apaga la luz, se cubre y "buenas noches, gracias por permitirme dormir a tu lado. Hoy hace frío". El corazón se inquieta, espera, y la piel... Pasa el tiempo brincando dos escalones y no sucede nada. Me volteo, lo acarició tibia, me acerco. Tomo su mano y lo invito a recorrer mis campos, a que reconozca sus florecillas, los limoneros. Se aceleran las senciones. Corresponde. Cuánto tiempo hace que no camina por esos montes ni huele frutos que nacen ante otro huerto más productivo. Otro pasto da alimento a los animalillos inquietos que arden el las manos, en los ojos. Hace mucho no siente mi aliento en su pecho. ¿Quién puede con un beso expresar esperanza, consuelo? Afuera, el viento sigue soplando, algunas aves cantan gloriosas el encuentro de amantes cansados. Nace la niña de dorados cabellos Ya no es temprano. De pronto un jinete sale de entre la piel y recorre la tierra apresurado, ansioso, desesperado. Yo, acomodo mi cabello sobre la almohada, me desprendo de la bata. Le abro mi casa. - "Ya no puedo más". Él rompe el silencio, habla. Yo, mojo el impulso con agua salada que sale de las ventanas.
¿Dónde viven los ojos comprenden el alma de una dama? ¿Dónde queda la palabra? ¿Alguien que sepa usarla?
Y los volcanes descansan, los ríos quietos ya no hablan.
Hoy nació el alba mientras el silencio le canta con su voz de acero, canciones nostálgicas.
Él se muerde los labios. Yo abrocho mi bata. Mañana vendrá de nuevo, el día y después llegará el ocaso. No volveré a desatar los cortones de voluntad que atan hasta hoy las ascuas de la mañana.
No sé si podré volver a safar mi bata, pues los broches de la comunicación se herrumbran desde recién comprada.
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