Ingrávida de muerte

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Categoría: Narrativa
Publicado el Miércoles, 19 Agosto 2009 Escrito por Marco Cañizales
El olor a rosas y el incienso le recordaron la prominente llegada de su muerte, cada día la veía venir más cercana y menos ausente. La procesión continuaba y pese a las suplicas de Remedios ella no cedía el anda porque quería cargar con aquel peso de la imagen de la Virgen de Fátima. Cercana la sepultura, necesaria la expiación.
Era una santa, y como buena santa no se sentía merecedora del cielo. Sin hijos, sin nietos, ni siquiera sobrinos, se había sometido a la santa devoción de la soledad, a la contemplación de una casa pulcra, a los rosarios donde Remedios, a las reuniones de las damas marianas, a hacer arreglos florales en el altar.
Extenuada, ya finalizada la procesión, se entregó al rosario en la compañía de la virgencita en su cuarto, cerró la puerta del cuarto con llave, más por costumbre que por seguridad, y se dejó dormir, a sabiendas de que eso era un ensayo de la muerte.

Y al día siguiente requirió a los párpados su apertura , y ellos respondieron. Se sentía traicionada, su cuerpo era incapaz de morir. Pasaron muchos días, muchos rosarios. Muchos meses, muchas reuniones marianas, muchos años, miles de pétalos en el altar, y la muerte no presentaba su rostro.
Angelita viva, ingrávida de muerte, comprobando para su dolor cada mañana, que podía abrir los parpados, que si conjuraba a la mano ésta respondía. Aún el pie marchito y recubierto de varices, también ese, respondía.
Las madrugadas frías le anunciaban que debía reasegurar su sábana, y que seguía viva. ¿Por cuánto tiempo, Señor, por cuánto tiempo?
La muerte la visitó al fin un día y durante el frío de la madrugada, mientras ella se aseguraba en la sábana, la muerte prensó una esquina de ésta con sus dedos blancos y crujientes, haló la sábana y Angelita respondió con un salto. Santo Dios, Santo Fuerte. ¿Ya vienes por mi?. La muerte la miró y le sonrió en  esa forma patética que suelen sonreír los esqueletos.  Sin decir una palabra se acercó al altar de la habitación y colocó al San Antonio de cabeza, luego salió por la puerta, tal como lo haría un mortal, sin complicadas desapariciones.
Angelita comprendió el signo, debía casarse para poder morir. Se dedicó ahora a compartir el rosario con los maquillajes, con visitar al estilista. Remedios sonreía y le decía que la coquetera le había entrado ya de vieja, pero que qué bueno, miré que la veo más viva. Esa frase carcomía a Angelita.
Frecuentó los parques, los asilos de ancianos, los bingos, sin dar con un hombre que la desposara. Remedios murió y Angelita se sentía traicionada, por su cuerpo y el cuerpo de Remedios. Uno insistente, el otro cobarde.
Pasó varios meses postrada en la cama, sucumbiendo ante la aparente muerte de la noche y la vida que renacía en el ventanal, lamiéndole la piel arrugada y venosa. Pasó así muchos días, sin levantarse ni comer. Dormía, luego despertaba la mente y ella no se animaba a abrir los ojos, tenía esperanza de abrirlos y verse muerta. Pero los parpados se abrían lagañosos, ofreciéndole el espanto de la vida.

Salió al jardín y se sentó sobre la mecedora, dispuesta a convertirse en mito, a dejar que los niños la burlasen y las vecinas curiosas la miraran con extrañeza. Ese día cumplia ciento treinta y siete años, ya hace mucho tiempo de eso. Por las tardes siempre se le ve saludar a nadie, es la muerte que pasa y la saluda con su risa sádica. Angelita responde con un leve mover de su mano y una risa triste, ingrávida de muerte.

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