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Dios, Gael y el Esperanto
Vivir es sumamente fácil, al menos cuando se tiene diez años. Gael tenía once cuando su vida comenzó a desmoronarse. Años más tarde llegaría a pensar que el ascenso en la madurez era una irónica forma de descender en la vida.
A los once años justamente perdió a sus padres, fue protegido entonces por su abuelo, un viejo anarquista español que se empeñó en enseñarle el misticismo libre del esperanto como lengua futurista y de unificacion.
Aprender a hablar en esperanto le permitió a Gael no sólo hablar sino también pensar en una forma más universal.
Ya de grande logró graduarse y obtener los mejores promedios en su universidad, se esperaba de él con la fe de quienes hablan el esperanto, logró de verdad un excelente escritorio con vista a una nube en un inmenso call center.
Se desgastaba, la nube se caía en trozos de agua al suelo y Gael levantaba las esperanzas de clientes decepcionados, la nube se comenzaba a formar de nuevo y el teléfono anunciaba un nuevo cliente que salvar del abismo.
Fue culpa de la nube, de tanto mirarla y entre abrir el pequeño vidrio un día, mientras atendía a un cliente, descubrió que las nubes hablan esperanto.
De ahí comenzó el descubrimiento de un mundo oculto, un mundo guardado para santos y sabios, dioses de diferentes religiones e incluso locos.
Al día siguiente descubrió que su perro hablaba esperanto, también la gata de la vecina, los árboles, el sol, el viento, incluso un día Dios le habló en esperanto, le dijo cuan solo se sentía, que parecía que nadie quería entenderlo, ya nadie hablaba su lengua y por eso no existían nuevos profetas, Dios se sentía tristemente humano. Gael se ofreció como nuevo profeta, pero Dios se había encariñado ya con él y prefirió salvarlo del martirio de la santidad.
A pesar de eso, ni Dios pudo salvar a Gael de la ignomia de los hombres. Pronto Gael empezó a hablarle en esperanto a sus clientes, quienes frustrados colgaban perdiendo todas sus esperanzas, la cantidad de suicidios en Estados Unidos fue creciendo con un numero muy paralelo a los clientes que le colgaban a Gael, los cuerpos eran encontrados sosteniendo una factura en la mano cuya garantía nunca supo hablar el idioma de Gael para así salvar a sus amos de la desesperación de un consumista sin garantías.
Triste y marchito Gael fue a llorar donde su novia quien al no lograr entender una palabra de lo que éste le decía terminó llevándolo al hospital psiquiátrico. Gael se sintió un poco acompañado al conversar con otros locos, pero le frustraba la ineptitud para una comunicación universal por parte de los médicos. Si tan solo supieran hablar con el alma sabrían que el problema no esta en las mentes, en los fármacos, los maquinazos. El problema está en no saber entenderse entre unos y otros, entre nosotros los mortales y ellos, los avanzados, a quienes para simplificar y no humillarnos tendemos a llamar locos.
Gael escapó, varias ratas le dijeron como utilizar las alcantarillas para salir de ahí, ahora las ratas le miraban con miradas más humanas que los hombres.
Fue a vivir a una montaña donde Dios descendía de vez en vez para hablar con él y sentirse ambos acompañados. Pero fue inútil, Dios, siendo Dios, no era la compañía que necesitaba Gael, ansiaba las manos de una mujer en su mejilla, en su hombro. Hubiese querido Dios hacer hombres y mujeres de barro para darle compañía, pero tenía malos recuerdos de la última vez que lo había hecho.
Entonces Dios se apiadó y le ofreció de un fruto de un árbol, milenario, de que habían comido el ultimo hombre y la ultima mujer que habían hablado un esperanto tan puro como el de Gael, Gael lo comió y al abrir los ojos estaba de nuevo en el call center, la nube comenzaba a formarse, silenciosa, callada, no así el teléfono.

