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Engranajes Fílmicos
Admirados por soplos de fantasía que hallaron latiendo en la bruna tinta de cierta prosa, mancomunados talentos pugnaron por reunir divisas para recrear en un par de horas un mundo imaginado. Así, al resonar la voz en el aire reclamando acción los ojos de vidrio despertaron a la cascada de luz para guardar registros imperecederos.Los presentes, centrados en ese universo fingido, aguardaban la magia predispuestos al embeleso. Se aproximaban al par de minutos que habrían de inflamar las emociones, aquellos nacidos de horas absorbidas tras ideas desechadas, de fatigas y nervios desplegados hasta el dolor.
El leve movimiento, estudiado, financiado y ensayado con exactitud, dispuso el instante rebosarte de almíbar que dejaría flotando en el aire la frase: -¿Quieres casarte conmigo?
Alguien perdió una lagrima entre las sombras del set y manos desprevenidas contuvieron aplausos hasta el corte. Fue triste cuando el hechizo se detuvo y el estudio quedó en penumbras.
Las imágenes aguardaron congeladas el momento de volver a la vida, renaciendo luego con lentitud bajo un velo de emulsiones químicas para ser multiplicadas de inmediato en cadena infinita. Rodaron más tarde por el mundo. Algunas, estáticas, fueron pegándose a las paredes como sordos clamores, conquistando lugares, generando comentarios, emplazando multitudes al estreno.
Y el mar de agotadas localidades desbordó de expectación las salas. Luego la oscuridad abrió el silencio, congregando miles de reflejos y sonidos de la naturaleza dentro de un inmenso rectángulo.
Entre ensoñaciones y crepitar de maíz acaramelado los espectadores abandonaban su mundo a la intemperie: mundos de vuelos aletargados en circunstancias de dilemas y certezas.
Uno de ellos era un hombre que mantenía el ancla distante, acurrucada junto a un sueño que lidiaba con el naufragio. De cualquier forma llegó a observar los rasgos ostentosos y prestó oídos al tono edulcorado del amor que se ofrendaba en esa historia, soñada de mil distintos modos para sí.
Al arribar el final la oscuridad manifestó la realidad contundente. El hombre, alejándose del cine con lentitud, apenas vislumbraba lo acontecido en las últimas dos horas. Aun así llevaba consigo la intuición precisa de la voz que debía emplear, el gesto que debía asumir, la semi sonrisa y la manera de decir, definitivamente: -¿Quieres casarte conmigo?
No dudaba que el resultado sería tan maravilloso como el de la pantalla.
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