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Réplica de ti
Miro mis manos vacías, si lograra atrapar una hebra de aire la colocaría sobre el desayunador y jugaría a esculpirte. No sería el mismo resultado, claro está, el aire es impuro, no es materia espiritual.
Necesitaría echar mano de otros materiales nobles. Con el aire, tu cuello, tu rostro y parte del cuerpo. Necesitaría dos gotas de café para pintar el aroma de tus ojos, ocupo incluso el agua fresca de un arroyo para pintar tus labios.
Buscaría tierra fértil para forjar tus pechos. Tus brazos de aire; pero para tus manos, necesito de un material que aún no defino. Debo pensar en eso, de momento tu réplica no tiene manos. Es lógico, las manos de las deidades necesitan de un material superior al que puebla estas tierras, son manos frágiles y potentes, manos que pueden crear y destruir el mundo.
Dos llamas azules y zigzagueantes se levantarían en columnas para forjar tus piernas. Tu vientre, que es vida, necesita de mayor calor que el fuego, por tanto lo forjaría con mi aliento.
Tus manos siguen pendientes. La ceniza volcánica sería el lunar fatídico que llevas por sobre la boca.
Una aleación de cristales caobas, negros y sedas serían tu cabello.
Y te sentaría sobre el sofá para contemplarte, a leerte las tragedias griegas, a escuchar la opera y a beber trova de mi boca, te explicaría la luna de Bagdad. Te narraría los cuentos de Dumas, juntos recitaríamos a Neruda y Benedetti, resucitaríamos a Debravo en la sala y conversaríamos con él sobre el futuro de la humanidad.
Me afanaría por instruir a tu réplica en igual complejidad que la de tu espíritu, no creo tener el conocimiento suficiente, carecerías de tanta música y visión como la que llevas erguida en tu frente.
Luego de despachar a Neruda y Debravo, luego de dar las buenas noches a Benedetti, me sentaría a tu lado a navegar por las hondas de tu cabello, a desmenuzar con la lengua la ceniza volcánica de tu lunar. Acariciaría la llama de tus piernas y me quemaría con mi aliento por sobre tu vientre. Luego lloraría sobre tus pechos de tierra fértil. Sí, lloraría. Tu réplica trataría de consolarme, pero debemos recordar que no tiene manos. Sí, lloraría. Desconsoladamente, viendo como mis lágrimas dibujan eras en la tierra de tus pechos, cómo el polvo que cae de ellos extingue el calor de mi aliento en tu vientre, como tus piernas se apagan por el sollozo.
Sí, lloraría, porque debo aniquilarte, no a ti, a la réplica, debo deshacerme de ella, anularla. Ocultar la evidencia de mi pecado. Es un mandato no hacer réplicas de los dioses, me hincaría sobre las hebras vencidas de tu cabello, el de la réplica, y te suplicaría el perdón. No se puede imitar a los dioses.
Me sentaría a la orilla de la calle a esperar que llegues, lamería un poco de aire y notaría la ausencia de una hebra en él, fue con la que te esculpí. Entonces la culpa me haría llorar de nuevo, y desde el cielo la lluvia vendría a posarse sobre mis hombros y mi cabeza, sabría entonces que no has llegado aún, pero han llegado al menos tus manos.

