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Un reflejo en la vela
Efraín estaba atrapado dentro de Efraín. Se levantó del sillón, fue hacia el baño y una vez ahí se descubrió en el espejo. Estudió cada una de sus facciones. Le molestó mucho lo grande de sus poros, poros de viejo pensó. Igual podrían ser de mocoso, o qué se yo; pero no, son de viejo porque no tengo espinillas. Se burló de sus propias muecas, aceptadas solo en la privacidad del espejo.
De nuevo se vio al espejo y analizó la risita nerviosa que le deambulaba los dientes desde temprano, desde que, Colacho, vos sabes.
Se pasó el dorso de la garra por la cara y se desdibujó la risa. Mejor así. Comparó dos versiones diferentes de sí mismo, una seria, otra triste; y descubrió que la seria era mejor para la ocasión. Luego se quedó mirando el reflejo o el reflejo lo miraba a él, no se sabe. Uno estaba risueño, el otro un poco triste. El triste se rió, el risueño se quedó serio. Ambos se miraban desmirándose. El reflejo tosió un poco y salió del espejo. Ahí estaban, juntos, fuera del espejo; origen y reflejo. Reflejo preguntó:
-¿Y vos?
-Y bien, acá.
-Ya veo ¿Te molesta que te mire?
-No, yo siempre te miro.
-Cierto. Lo que pasa es que yo hasta ahora te miro, y bueno somos bien feos los dos.
-Y, ¿qué querías?
-Nada, la verdad. ¿Me voy yo para la vela?
-Sí, mejor andá vos. Yo estoy demasiado contento para eso, sería impropio.
-Y bueno. ¡Nos vemos! ¿No te molesta quedarte sin reflejo?
-No, no. Andá, tranquilo. Yo me quedo acá no mirándome al espejo.
-Pero prometéme que te quedas aquí, si no luego no te encuentro y ¿qué hacemos?
-Tranquilo, me quedo.
El reflejo salió caminando con su cara de serio, con un poco de miedo pues nunca había salido solo. Aquello le preocupaba mucho, ¿cómo ser sin él?, ¿cómo reflejarse sin origen por las calles? Los complejos normales que tienen todos los reflejos.
Llegó a la vela sin mucho esfuerzo, sólo le asustó mucho la parte en que tuvo que caminar en medio un parque. No había vidrios, metales, charcos, ningún lugar donde hubiese existido antes y eso le afectaba, temía borrarse.
Entró y abrazo a Paola fuertemente. Tranquila, ya va a pasar, tranquila. Le dio un beso en la cabeza y luego se agachó para besar a Marquito, el sobrino de Colacho. Ya papito, todo va a estar bien. Tu tío está mejor ahora y te va a cuidar desde el cielo. Marquito lo soltó y se quedó mirándolo con rabia, llevaba horas oyendo a la gente decirle lo mismo y el pequeño sólo miraba a la caja preguntándose cuando se iba a levantar tío Colacho para poder salir todos de ahí. Paola se arrimó al oído de Efraín.
- ¿Ya lo viste?
- Luego, mejor. Ahorita. Y se apartó mientras sentía que desaparecía un poco, la falta de luz.
Como la funeraria era diminuta salió a respirar un poco. Miró con reproche a los muchachos jóvenes que se reunían afuera y se decían cosas bajito, riéndose y mirando de reojo a la puerta del salón. ¡Tengan un poco más de respeto! ¿Oyeron?
Volvió a entrar maldiciendo a los muchachos. Descubrió a doña Lucia y la abrazó. Doña Lucia parecía ahogársele arrecostada en el pecho. Ay, Efraíncito. Yo me muero, Efraíncito, me muero. Tranquila, doña Lucia. Ay Efraín, usted no sabe lo que es perder un hijo, Efraín, yo me muero. Efraín respiró hondo y abrazó con más fuerza a doña Lucia.
Se zafó del abrazo no sin un poco de remordimiento. Va a pensar que no la quiero abrazar. Efraín, ¿ya lo viste? No, doña Lucia, ahora.Doña Lucia se ausentaba dentro de sus propios ojos y miraba al mundo sin entender de qué se trataba un mundo sin Colacho, parecía afirmar con la cabeza a una pregunta no hecha mientras sus ojos se llenaban de ausencia. Se alejó para encontrar un poco más de abrazo en otro recién llegado.
Efraín se quedó mirando a la distancia aquella caja engamuzada que contenía a Colacho. Era extraño pensar que las cajitas fúnebres deben su existencia a la ya no existencia humana. A la extinción paulatina del yo. Cuando se está muerto ya no se dice yo. Se habla de uno en tercera persona nomás, se es un reflejo en la mente de otros. Me parezco a Colacho ya muerto. Manuel le tocó el hombro por detrás y lo distrajo de su distracción. Y bueno, se nos fue Colacho, Efraín, se nos fue. Sí, Manuel, nos lo quitaron.Salieron a fumar un poco, la noche era oscura y Efraín comprobó para su dicha que aún sin luz él existía. Inhaló contento el humo, por primera vez fumaba un humo no reflejado que dejaba de existir al momento de tragarlo en el espejo. Efraín miró a Manuel.
-¿Quién te lo contó a vos?
-Las chiquillas. Llegaron como locas, ni entendía lo que decían. Pobrecitas las mocosas, se impresionaron mucho.
Efraín se rascó la frente.
-Es que nunca hubiéramos imaginado algo así.
-Nunca, diez tiros en el pecho. ¿Por qué tanto? ¿Por qué esa venganza?
-No sé, Manuel. Si pudiera agarrarlos.
-Vos los viste, ¿verdad?
-Fue muy rápido, a mí me bajaron del carro y a él de una vez le dispararon, ni le dijeron por qué ni nada. Primero yo pensé que era un robo, pero no se llevaron ni una sola cosa.
-¿Y los viste?
-Sí, no tenían ni máscara ni nada. Pero en el susto como que no sé, todo se me borra.
-Los van a agarrar. ¡Esos hijueputas no se salvan!
-Ojaló.
-¿Ya lo viste a Colacho?
Efraín se escapó para ir a saludar al nica que llegaba de la finca de los Otarola. Se nos fue, Romeo, se nos fue.
Pasó toda la noche abrazando gentes, consolando rostros lacrimosos y fumándose el tabaco de Manuel.
A las tres solo quedaban Manuel, borracho en una banca de afuera, doña Lucia y dos viejitas del perpetuo socorro amagdalenando a la madre. Finalmente se acercó a la caja.
Se tanteó a sí mismo en el vidrio del ataúd para ver si un reflejo se reflejaba pero Colacho era pobre y se murió sin vidrio. Ahí estaba el muerto. Ya no existía más que en los espejitos de la memoria. Era un reflejo tan parecido a él. Miró hacia atrás y comprobó que nadie lo vigilaba. Se acercó de manera amorfa hacia el rostro de Colacho remedando las muecas que tantas veces había interpretado en la privacidad del espejo. Se arrimó casi al ras de la boca. Te moriste, Colacho, te moriste. Luego pulverizó la risita que le manaba de un diente torcido de su infancia y que hacía mucho tiempo en realidad ya no tenía. El diente se le cayó y luego se volvió a aflojar. El reflejo nervioso se componía y descomponía a ratos adolescente, a ratos viejo y menos cada tanto niño. Mirar a Colacho lo hizo perderse en el tiempo y olvidar su estado actual. Se llenó de espinillas con arrugas, y barbas lampiñas. De pronto vio a Colacho reflejado en el ventanal de la casa violando a su hermana muchos años atrás, él era muy niño y no entendía lo que hacía Colacho, mejor se calló.
Después el reflejo de su hermana muy grave llorando, sangrando y un doctor que reflejado en sus gafas afirmaba que no. Pasó mucho tiempo muda y triste hasta que murió encerrada en su cuarto coleccionando imágenes de San Miguel Arcángel. Con el tiempo todo se olvida y se hizo amigo de Colacho, el primo mayor.
Vio el reflejo de tantas veces que jugaron juntos y cuando Colacho le consiguió la beca para estudiar. Vio el reflejo de cuando caminaban abrazados tropezando con el aire, cayendo hacia atrás, risueños, con olor a cerveza y tequila. Tantas veces, tantas. Luego el reflejo de que me acordé que vos la mataste, hijueputa. El reflejo, cabrón Colacho. ¡Te jodiste, me volvió el reflejo, cabrón! ¿Te acordás? Íbamos para la casa de Paola y fue cuando me acordé. Te vi en el retrovisor con la misma cara de cuando la violaste, luego me vi en todos los vidrios de los otros carros, asechándote mil veces, tu sangre y yo por todas partes. Cien metros después te soné con la pistola. Vos me la conseguiste en el empeño. Puta más tonto vos.
Dio unos pasos hacia atrás, luego la media vuelta y salió con su rostro infantilmente senil, risueñamente triste.
Llegó a casa y se quitó el abrigo. Revisó que la pistola siguiera escondida en la biblioteca, pero no estaba. Se fue al baño.
Ahí estaba él mismo, no mirándose en el espejo. Origen y reflejo de nuevo juntos. El otro él estaba inmóvil. Para no despertarlo se metió calladito en el espejo, sin hacer ruido, imitando la pose de su origen: con la cara sobre el lavatorio, los brazos tumbados a los lados, un chorrito de sangre goteándole por la sien y la pistola al lado. Ya luego se acordó. Tengo que ir a la vela. Suspiró y notó como se le inflaba el pecho a su reflejo. Esta ropa no me va para la vela. En todo caso hoy ando muy risueño y tengo que apagarme la risa, no puedo ir así a la vela de Colacho. Ya está muerto, igual me gusta la idea, pero capaz que lo tienen con la tapa abierta y me voy a alegrar de verlo así. Tengo que hacer algo, no puedo ir en este estado a la vela, estoy que me río por todo. Se metió las manos a la bolsa y luego desenfundo una mano que lucía más como una garra, o tal vez un bisturí.
De nuevo se vio al espejo y analizó la risita nerviosa que le deambulaba los dientes desde temprano, desde que, Colacho, vos sabes.
Se pasó el dorso de la garra por la cara y se desdibujó la risa. Mejor así. Comparó dos versiones diferentes de sí mismo, una seria, otra triste; y descubrió que la seria era mejor para la ocasión. Luego se quedó mirando el reflejo o el reflejo lo miraba a él, no se sabe. Uno estaba risueño, el otro un poco triste. El triste se rió, el risueño se quedó serio. Ambos se miraban desmirándose. El reflejo tosió un poco y salió del espejo. Ahí estaban, juntos, fuera del espejo; origen y reflejo. Reflejo preguntó:
-¿Y vos?
-Y bien, acá.
-Ya veo ¿Te molesta que te mire?
-No, yo siempre te miro.
-Cierto. Lo que pasa es que yo hasta ahora te miro, y bueno somos bien feos los dos.
-Y, ¿qué querías?
-Nada, la verdad. ¿Me voy yo para la vela?
-Sí, mejor andá vos. Yo estoy demasiado contento para eso, sería impropio.
-Y bueno. ¡Nos vemos! ¿No te molesta quedarte sin reflejo?
-No, no. Andá, tranquilo. Yo me quedo acá no mirándome al espejo.
-Pero prometéme que te quedas aquí, si no luego no te encuentro y ¿qué hacemos?
-Tranquilo, me quedo.
El reflejo salió caminando con su cara de serio, con un poco de miedo pues nunca había salido solo. Aquello le preocupaba mucho, ¿cómo ser sin él?, ¿cómo reflejarse sin origen por las calles? Los complejos normales que tienen todos los reflejos.
Llegó a la vela sin mucho esfuerzo, sólo le asustó mucho la parte en que tuvo que caminar en medio un parque. No había vidrios, metales, charcos, ningún lugar donde hubiese existido antes y eso le afectaba, temía borrarse.
Entró y abrazo a Paola fuertemente. Tranquila, ya va a pasar, tranquila. Le dio un beso en la cabeza y luego se agachó para besar a Marquito, el sobrino de Colacho. Ya papito, todo va a estar bien. Tu tío está mejor ahora y te va a cuidar desde el cielo. Marquito lo soltó y se quedó mirándolo con rabia, llevaba horas oyendo a la gente decirle lo mismo y el pequeño sólo miraba a la caja preguntándose cuando se iba a levantar tío Colacho para poder salir todos de ahí. Paola se arrimó al oído de Efraín.
- ¿Ya lo viste?
- Luego, mejor. Ahorita. Y se apartó mientras sentía que desaparecía un poco, la falta de luz.
Como la funeraria era diminuta salió a respirar un poco. Miró con reproche a los muchachos jóvenes que se reunían afuera y se decían cosas bajito, riéndose y mirando de reojo a la puerta del salón. ¡Tengan un poco más de respeto! ¿Oyeron?
Volvió a entrar maldiciendo a los muchachos. Descubrió a doña Lucia y la abrazó. Doña Lucia parecía ahogársele arrecostada en el pecho. Ay, Efraíncito. Yo me muero, Efraíncito, me muero. Tranquila, doña Lucia. Ay Efraín, usted no sabe lo que es perder un hijo, Efraín, yo me muero. Efraín respiró hondo y abrazó con más fuerza a doña Lucia.
Se zafó del abrazo no sin un poco de remordimiento. Va a pensar que no la quiero abrazar. Efraín, ¿ya lo viste? No, doña Lucia, ahora.Doña Lucia se ausentaba dentro de sus propios ojos y miraba al mundo sin entender de qué se trataba un mundo sin Colacho, parecía afirmar con la cabeza a una pregunta no hecha mientras sus ojos se llenaban de ausencia. Se alejó para encontrar un poco más de abrazo en otro recién llegado.
Efraín se quedó mirando a la distancia aquella caja engamuzada que contenía a Colacho. Era extraño pensar que las cajitas fúnebres deben su existencia a la ya no existencia humana. A la extinción paulatina del yo. Cuando se está muerto ya no se dice yo. Se habla de uno en tercera persona nomás, se es un reflejo en la mente de otros. Me parezco a Colacho ya muerto. Manuel le tocó el hombro por detrás y lo distrajo de su distracción. Y bueno, se nos fue Colacho, Efraín, se nos fue. Sí, Manuel, nos lo quitaron.Salieron a fumar un poco, la noche era oscura y Efraín comprobó para su dicha que aún sin luz él existía. Inhaló contento el humo, por primera vez fumaba un humo no reflejado que dejaba de existir al momento de tragarlo en el espejo. Efraín miró a Manuel.
-¿Quién te lo contó a vos?
-Las chiquillas. Llegaron como locas, ni entendía lo que decían. Pobrecitas las mocosas, se impresionaron mucho.
Efraín se rascó la frente.
-Es que nunca hubiéramos imaginado algo así.
-Nunca, diez tiros en el pecho. ¿Por qué tanto? ¿Por qué esa venganza?
-No sé, Manuel. Si pudiera agarrarlos.
-Vos los viste, ¿verdad?
-Fue muy rápido, a mí me bajaron del carro y a él de una vez le dispararon, ni le dijeron por qué ni nada. Primero yo pensé que era un robo, pero no se llevaron ni una sola cosa.
-¿Y los viste?
-Sí, no tenían ni máscara ni nada. Pero en el susto como que no sé, todo se me borra.
-Los van a agarrar. ¡Esos hijueputas no se salvan!
-Ojaló.
-¿Ya lo viste a Colacho?
Efraín se escapó para ir a saludar al nica que llegaba de la finca de los Otarola. Se nos fue, Romeo, se nos fue.
Pasó toda la noche abrazando gentes, consolando rostros lacrimosos y fumándose el tabaco de Manuel.
A las tres solo quedaban Manuel, borracho en una banca de afuera, doña Lucia y dos viejitas del perpetuo socorro amagdalenando a la madre. Finalmente se acercó a la caja.
Se tanteó a sí mismo en el vidrio del ataúd para ver si un reflejo se reflejaba pero Colacho era pobre y se murió sin vidrio. Ahí estaba el muerto. Ya no existía más que en los espejitos de la memoria. Era un reflejo tan parecido a él. Miró hacia atrás y comprobó que nadie lo vigilaba. Se acercó de manera amorfa hacia el rostro de Colacho remedando las muecas que tantas veces había interpretado en la privacidad del espejo. Se arrimó casi al ras de la boca. Te moriste, Colacho, te moriste. Luego pulverizó la risita que le manaba de un diente torcido de su infancia y que hacía mucho tiempo en realidad ya no tenía. El diente se le cayó y luego se volvió a aflojar. El reflejo nervioso se componía y descomponía a ratos adolescente, a ratos viejo y menos cada tanto niño. Mirar a Colacho lo hizo perderse en el tiempo y olvidar su estado actual. Se llenó de espinillas con arrugas, y barbas lampiñas. De pronto vio a Colacho reflejado en el ventanal de la casa violando a su hermana muchos años atrás, él era muy niño y no entendía lo que hacía Colacho, mejor se calló.
Después el reflejo de su hermana muy grave llorando, sangrando y un doctor que reflejado en sus gafas afirmaba que no. Pasó mucho tiempo muda y triste hasta que murió encerrada en su cuarto coleccionando imágenes de San Miguel Arcángel. Con el tiempo todo se olvida y se hizo amigo de Colacho, el primo mayor.
Vio el reflejo de tantas veces que jugaron juntos y cuando Colacho le consiguió la beca para estudiar. Vio el reflejo de cuando caminaban abrazados tropezando con el aire, cayendo hacia atrás, risueños, con olor a cerveza y tequila. Tantas veces, tantas. Luego el reflejo de que me acordé que vos la mataste, hijueputa. El reflejo, cabrón Colacho. ¡Te jodiste, me volvió el reflejo, cabrón! ¿Te acordás? Íbamos para la casa de Paola y fue cuando me acordé. Te vi en el retrovisor con la misma cara de cuando la violaste, luego me vi en todos los vidrios de los otros carros, asechándote mil veces, tu sangre y yo por todas partes. Cien metros después te soné con la pistola. Vos me la conseguiste en el empeño. Puta más tonto vos.
Dio unos pasos hacia atrás, luego la media vuelta y salió con su rostro infantilmente senil, risueñamente triste.
Llegó a casa y se quitó el abrigo. Revisó que la pistola siguiera escondida en la biblioteca, pero no estaba. Se fue al baño.
Ahí estaba él mismo, no mirándose en el espejo. Origen y reflejo de nuevo juntos. El otro él estaba inmóvil. Para no despertarlo se metió calladito en el espejo, sin hacer ruido, imitando la pose de su origen: con la cara sobre el lavatorio, los brazos tumbados a los lados, un chorrito de sangre goteándole por la sien y la pistola al lado. Ya luego se acordó. Tengo que ir a la vela. Suspiró y notó como se le inflaba el pecho a su reflejo. Esta ropa no me va para la vela. En todo caso hoy ando muy risueño y tengo que apagarme la risa, no puedo ir así a la vela de Colacho. Ya está muerto, igual me gusta la idea, pero capaz que lo tienen con la tapa abierta y me voy a alegrar de verlo así. Tengo que hacer algo, no puedo ir en este estado a la vela, estoy que me río por todo. Se metió las manos a la bolsa y luego desenfundo una mano que lucía más como una garra, o tal vez un bisturí.

