A paso de hormiga

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Categoría: Narrativa
Publicado el Lunes, 29 Junio 2009 Escrito por Marco Cañizales

A paso de hormigaAllomero entró al hospital psiquiátrico no hace mucho. Fue muy bien acogido por todos, médicos y pacientes. Tenía el privilegio de caminar por todas las salas pues se le consideraba inofensivo, hasta el más fiero de los locos sabía sonreírle sus manías. Allomero se creía hormiga.

 

Callado y alegre, vigoroso y sonriente. Caminaba por los pasillos saludando a todos a su mejor estilo, colocando los dedos como antenas y acercándose a sus frentes para transmitir sus ideas y leer las de otros. Todos los médicos empezaron a utilizar este sistema de comunicación con él pero siempre trataron de ignorar el asombro que les producía el hecho de que, en efecto, Allomero parecía leer sus mentes. Las terapias de grupo a veces se desordenaban en un silencioso menear de antenas que todos empezaban a mover ante la impotencia del médico quien al final, cansado, movía sus antenas y se levantaba del círculo. Las sesiones individuales eran un mirar hacia el cielorraso y menear las antenas como recordando un hormiguero del pasado.

La única persona que nunca lo quiso fue la señora de la limpieza de su sala pues siempre tenía que sacarle de debajo del colchón decenas de hojas e insectos que él recolectaba a diario.

Allomero nunca se atrevió a acercarse a Hirtella, la loca más antigua del hospital. Hirtella era una paciente sin posible cura a carencia de un mal evidente. Nunca se supo qué la obligaba a callar y echarse en el sillón, lejana y taciturna, a comer y engordar. Allomero e Hirtella se limitaban a mirarse fijamente, él con una sonrisa entomológica y ella con una mezcla de cariño y apatía.

La hora favorita de Allomero era la de la comida, le encantaba formarse en la hilera. De este hábito se dio el gusto de engordar más y más al comer su porción y acarrear los restos de los otros. También había logrado una cosecha exitosa de un hongo blancuzco a base de insectos y hojas en el patio, lejos de la señora de la limpieza, todos los días sorbía un poco de ese moho.


Al llegar la primavera se le vio más activo y conversador de lo normal, sus antenas se agitaban más de lo acostumbrado y recorría los pasillos cientos de veces en un día. Hirtella lo miraba con curiosidad, por primera vez había un reflejo de vida en sus ojos.

Fue poco tiempo para que otros enfermos padecieran de Formicidae, o hormiguitis como decían los médicos menos serios. La noche de la gran lluvia Allomero se levantó de su cama a la media noche en una sincronía extraña con los locos de las salas siete y nueve, los más grandes y violentos. Se encontraron en la sala de televisión, formaron una hilera tras Allomero y se dirigieron al cuarto de Hirtella. Allomero entró y los otros se quedaron haciendo guardia afuera.

Hirtella volaba cual masa enorme sobre su catre, sus alas transparentes y diminutas parecían a punto de reventar bajo su peso. Allomero se posó sobre su espalda y la fecundó hasta quedar dormido. Luego descendió, Hirtella lo despidió con un gesto de respeto y agradecimiento. Allomero salió del cuarto, saludo a los centinellas y caminó hasta su sala. Los centinelas permanecieron donde estaban.

Al día siguiente la mujer de la limpieza encontró una hormiga muerta sobre el catre de Allomero, la botó igual que siempre. A la tarde se dio la alerta de un loco extraviado en el manicomio municipal. Nunca apareció.
Pasaron los días y los médicos extrañaban a Allomero, los enfermos no. Parecían tener una conducta activa pero apática. Las hileras a la hora de las comidas eran mucho más ordenadas que de costumbre. Desde la pérdida de Allomero los médicos descubrieron que Hirtella se había mudado a vivir al patio central, los locos más violentos la custodiaban y le daban de comer. Su tamaño aumentaba cada día más. Luego de arduas negociaciones, de forcejeos ingratos y amenazas, un médico logro acercarse a Hirtella y examinarla, estaba embarazada. Los médicos se angustiaron de que una mujer de su edad, con esa proporción de tamaño y embarazada, viviese en la intemperie. Pero pesaba demasiado como para forzarla a moverse. Le instalaron una lona sobre su masa corpórea.

Al cabo de unos días, Hirtella comenzó su labor de parto bajo la mirada nocturna y silenciosa de sus centinelas. Fue un parto recatado, sin gritos ni dolor, de su vientre primero emergió una hormiga, luego un millón. Las hormigas empezaron de inmediato su colecta de hojas e insectos muertos, cavaron hoyos en el patio y todo parecía normal.

Los médicos comenzaron a notar algo extraño, se asustaron de estarse contagiando de la locura. Todos los pacientes parecían empequeñecer cada día más. Al medio día del miércoles, los doctores, enfermeros y demás personal observaron con asombro a la hora del almuerzo como cada paciente comenzaba a disminuir más hasta convertirse en hormiga. Cada hormiguita bajó de su silla, se dirigió a la puerta donde se encontró con las demás y todas menearon sus antenas unas a otras. Formaron hileras en procesión hasta el patio central. Saludaron a los centinelas, zompopas grandes y aguerridas. Varias hormigas se ofrecieron a subir a la silla del patio central para bajar en brazos a su reina Hirtella, hormiga grande y deforme. En el hormiguero les esperaban sus hermanos.

La voz se corrió, en el manicomio los médicos y demás personal estaban locos. Los internaron en su propio hospital. Se cansaron de repetir, que no sé, le juro que son hormigas, no se perdieron no, en serio, de veras. No, no se escaparon, que son hormigas.

Se cansaron de decirlo, nadie les cree. Todos los nuevos pacientes se sientan a observar con paciencia el patio central, sin pisarlo jamás, pero con la esperanza de entrar en él un día a paso de hormiga.

 

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