El barrio transmutado

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Categoría: Narrativa
Publicado el Jueves, 23 Julio 2009 Escrito por Marco Cañizales

Barrio transmutadoEl sol reptó hasta esconderse tras la línea de edificios que le observaban por el Oeste. La ciudad transmutaba de la cálida y serena a la noctambula e inquieta. Vi como San José jugaba en una metamorfosis que lo llevaba de la ciudad trabajadora y confusa a la vagabunda y fría. Los transeúntes que temprano caminaba apurados pero tranquilos, ahora caminaban apresurados, con una mirada de reojo hacia cualquier sonido a sus espaldas. Tomé el autobús a la misma hora de siempre, a las seis y diecisiete, no sin antes cumplir con el rigor de comprar una caja de cigarros y un chicle mentolado a la niña de la esquina. Fumé un cigarro sin prisa, no había gente en la fila. logré colocarme de tercero y mentolarme la boca con el chicle. La fila parecía ser una repetición de rostros y de pies cansados, éramos los mismos de siempre más uno que otro irregular junto a dos muchachos nuevos. El autobús salió a la orden del cheque, puntual, a las seis veinticuatro.

La ruta no mutaba, el mismo embotellamiento en el mismo punto, los mismos que se sumaban en las diversas paradas. El mismo cansancio sentado en los asientos de todos los días, deseando llegar a casa para dormir, tal vez un poco de tele o jugar con los niños, los que los tienen, o hacer el amor, cocinar, alistar todo para el día siguiente y repetir lo mismo.

El autobús continuó rugiendo por la cuesta de Guayabos, ya se divisaba al fondo el destino común de todos. Algo rompió la monotonía, la iglesia había sido remodelada, ahora era enorme y gris. ¿Cuándo hicieron eso?. Un rótulo nos indicó que el nuevo nombre era Templo de Raciocinio Intelectual. De repente nuestro barrio parecía más grande de lo que recordábamos, el conductor nos comentó que desde el viaje de las tres veía todo muy distinto.

El bar parecía también más grande y estaba dividido en dos, en uno bebían personas que se veían adineradas y en otro había indigentes, maleantes, gentes extrañas y desafiantes. El parqueo marcaba la diferencia, de un lado autos de lujo, del otro, autos demacrados y motocicletas. La calle principal parecía una monótona y fría ciudad. Al virar entramos en área nueva para mi, las casas se habían convertido en tugurios con bunquers reinantes en cada cuadra. ¿Qué pasaba?

Todo era diferente, nadie se atrevía a tocar el timbre, un árbol o el nombre de un negocio, pero con aspecto diferente, parecían indicar las paradas que debíamos hacer para bajar del autobús, pero nadie se sentía seguro.

En una esquina una niña lloraba y preguntaba por sus padres, más adelante dos motociclistas invitaban por las armas a un hombre a bajar de su auto. Al pasar la pulpería del chino, o eso parecía, un hombre ajusticiaba a otro golpeándole con un tubo en la garganta mientras otro acercó un arma a la sien de la víctima. El chofer atinó a acelerar mientras escuchábamos un disparo, ahora lejano.
Ya varios nos agrupábamos a la puerta ante la visión de algo que se asemejaba a nuestra parada, pero en cada lugar ocurría algo que hacía al chofer acelerar. Todos callábamos, algunas mujeres lloraban y algunos niños decían que tenían hambre.
Yo no atinaba a bajar del autobús, le consulté al chofer si se había equivocado y me miró con sorpresa y resentimiento. No, esta es la ruta. El autobús daba vueltas tratando de encontrar el vecindario que habíamos dejado en la mañana. Transitábamos por una jungla de insultos y violencia. Una mujer corría desnuda con un cuchillo en la mano.
Yo pensé en mis hijos y me pregunté si estarían a salvo en casa o si deambulaban igual que yo en el autobús escolar. ¿Serían ya parte de la jungla?, y si lo eran, ¿eran leones o gacelas?

Nos fuimos acostumbrando a andar en círculos, bajo el abrigo sudoroso de un autobús con las ventanas cerradas. Los gritos y las sirenas se asomaban a lamer las ventanas. La camaradería y la comprensión mutua, los abrazos y los todo irá bien eran repartidos entre los asientos. Ya nos sentíamos una familia, desterrada de sus hogares y familias, nos sentíamos camaradas. Y todo ocurrió durante un solo día, mientras estábamos distraídos trabajando. El chofer nos dijo que tratáramos de dormir, eso hicimos, hasta que dos muchachos de atrás se levantaron, sacaron un arma y anunciaron, esto es un asalto.

 

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