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Cansado de tanto estar cansado el viejo Efraín Roldán sentó sus años a descansar en una banca del parque, justo frente al lago. Las gotas de sudor estaban acostumbradas a repintarle las mil arrugas del rostro. Llevaba una vieja gorra y unos zapatos, que al igual que él, habían perdido el mirar y se resignaban a tropezar cada tanto. No ha comido en tres días, pero es tanta la costumbre al hambre que termina por no sentirla, o sentirla normal, eso no se sabe. Le bastará con solo el alcohol que un boticario le dio para quitárselo de encima y lograr sacarlo de su negocio. El amargo licor le rejuvenece dulcemente la garganta y enamorado de amores empieza a cantar viejas canciones obscenas.
Mira a un niño jugando con su barquito de papel. Un barco de papel, tan frágil, tan inocente, qué poco sabe del agua que le carcome. Un niño, tan puro, tan querido, que poco sabe de la vida que lo corrompe. Cuando fuiste niño Efraín, tenías casa, familia y comida, te querían Efraín, te querían. ¿Qué habrá pasado? El licor se hierve en el estómago de Efraín quien mira asombrado al niño. – ¡Existe la felicidad, existe! – Sí, si existe, Efraín, pero no es contigo.
Efraín siente envidia del niño, del barco libre y puro. El licor va royéndole las venas, difundiéndose como alegre evangelio etílico de la resurrección del licor en el cuerpo. Tantos días sin un trago. El viejo siente una mezcla de calor y frío. El barquito se aleja, tal vez demasiado, parece un puntito. El silencio se va apoderando del parque, no, solo de Efraín, Poco a poco el viejo se va sintiendo adormecido, algo no está bien. ¿Qué te pasa Efraín, qué pasa? El viejo siente al niño y al barco alejarse y luego acercarse una y otra vez, confusamente. La sangre y la carne le hierven pero la carne está pavorosamente fría. Efraín siente miedo, algo le asusta. Poco a poco se vuelve etéreo, el viento le traspasa la piel hurgándole en su estómago, en su pecho. El barquito de papel parece hundirse, el viento también se ha empecinado en destruirle. ¡Es el viento, el maldito viento queriéndoles destruir! Efraín se siente iracundo, quiere desgarrar al viento, debe salvarse y salvar al barco. Con sus diminutas manos toma la orilla del barquito obligándolo a virar, salvándolo de hundirse. Sereno pero con fuerza logra alejar al barco de la tormenta. Efraín es ahora un diminuto marinero a bordo de un barquito de papel, el viento lo redujo a esto, a un pequeño hombrecito a bordo de un navío infantil. El barquito, nacido de cuaderno, tiene letras más grandes que la propia cabeza del tripulante. Sin embargo la pequeñez no le molesta, el viento no logró destruirlo y pudo salvar el buque. Se siente libre y dichoso, es un hombre distinto y puro como el infantil papel sobre el que navega. Logra virar a estribor, el viento es ahora manso. Un estruendoso graznido remueve las aguas. Un enorme pato intenta engullírselo. - No me matarás imbécil, no ahora que soy un heroico capitán. ¿Me oíste?
El ave intenta picotearlo varias veces pero Efraín hizo zigzaguear el buque hábilmente para poder salvarse. Sobre el agua flota una pajilla, es arriesgado pero él se ha vuelto heroico y no reconoce al miedo, logra colgarse del borde de la nave y juntando sus pies sobre el agua logra asir a la pajilla. Luego suelta la mano izquierda para tomar de entre las piernas la transparentosa herramienta. Es un arpón que bien sirve para beber como para matar. Cuando el ave se aproxima en un nuevo intento Efraín logra arponearlo en el ojo izquierdo, el pato se aleja con un doloroso quejido. - Por mi madre que soy un héroe. Jajája
Pasa el resto de la tarde navegando sin novedades, disfruta de un viento fresco y un sonrojado atardecer. Está ebrio de heroísmo y se duerme cantando canciones obscenas. Es pequeño, pero eso no es tan grave, ahora una miga de pan será un banquete y una gotita de vino olvidada en una botella alcanzará para una orgía. Poco a poco se acerca a la orilla. – ¡Tierra firme! – Grita enardecido. Desciende del barco usando una vieja lata de cerveza como muelle. Vuelve a tierra. Ha navegado el oceánico lago de costa a costa. Mira al otro extremo del lago. El viento le traspasa, de nuevo es etéreo. Con dolor y pavor se reconoce al otro lado del lago, ya muerto, sobre una banca; mientras un barco de papel duerme en el fondo del lago.
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