Contraportada

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Categoría: Narrativa
Publicado el Lunes, 28 Septiembre 2009 Escrito por Marco Cañizales
Contraportada

Una vez había una vez en que hubo varias veces juntas. Estaba la vez de ayer con la de más tarde, también la vez de ahora con la de hace un rato. La vez aquella que te conté con la vez que no quiero recordar. En medio de todas las veces correteando estaba yo, siendo niño.

Niño para desear recorrer todas las veces de una sola vez, queriendo ser grande, grande para ser libre. Libre de recados de mi escuela, libre del tirón de orejas de mi padre, libre de los rosarios de mi abuela, de las lentejas de mi madre. Quería ser grande para ser viejo.

Un día en la escuela, mientras la maestra me regañaba, salí corriendo apurando tiempos y veces, choque contra el pizarrón y mientras me sobaba la nariz me vi dibujado ahí. Yo estaba sentado, era ya adulto, habían pasado muchas veces. Era grande, grande para querer ser niño. Ser niño, más egoísta en mis juegos, menos comprometido con mis obligaciones. Ser niño y esconderme de la tarea meciéndome en una hamaca a plena luz.

Una hamaca, un fantasioso mecer. Ser niño para mecerse. No con mis piernas de ahora tan largas y aferradas a tierra. Mis pies en tierra me hacen permanecer, solo me dejan ver una realidad que es de un mal gusto fantasiosa. Una horrible irreal realidad. La fantasía en cambio se embellece cuando se llena de ambigüedad.

Tener piernas cortas para mecerme en el columpio, mecerme para volar, volar para soñar. Soñar siempre que estoy despierto, despierto para desear volver a dormir. Dormir para soñar que hubo una vez varias veces que fueron siempre una sola vez.

Desperté algo retrasado y disperso con algunas imágenes de no sé qué hamacas y pizarrones chocando entre sí. Me bañé de prisa y salí sin desayunar. Cuando salí de casa repase los mismos rostros diarios de siempre, caras muy apresuradas, como la mía, tanta prisa había terminado por robarnos los nombres y el buenos días.

A las siete y cincuenta estaba encendiendo mi computadora, mi jefe había llegado antes y me llenó de mails recordándome mis obligaciones. Mis obligaciones se resumían en una: satisfacer todas las necesidades de él. Él, por su parte, solo atendía una necesidad mía: darme de comer. Comer para estar fuerte, fuerte para trabajar.Trabajar, luego volver a trabajar con el afán de comer, comer con el afán de tener fuerza y trabajar, trabajar día tras día, tecla tras tecla, mouse tras mouse.

Prohibido hablar más allá de dos sonrisitas con Cinthya. Trabajar, vender, digitar, diseñar: casas, estancias, salas, dormitorios. Sueño…  ¡Café!

Bajé al comedor común y me senté a tomar un mesiánico café. Mientras tomaba mi estimulante pensaba en lo hermoso que sería ir a casa a dormir. -¡Qué rico dormir! – Dormir bastante para mañana venir a trabajar sin sueño.

Justo en la mesa de al frente, la secretaria nueva de finanzas leía un libro. Vi mi foto en la contraportada. Gabo había escrito el prólogo y varias célebres celebridades celebraban mi obra. En las librerías se agotaban mis libros y  yo posaba un millón de veces para la misma foto de contraportada.

Definitivamente el café no me estaba sirviendo. Me froté los ojos y volví a la realidad. En la foto había un hombre, muy famoso, que no se llamaba yo.

Yo, yo quería ser escritor, pero aquello requería tiempo y no lo tenía. Hay que trabajar para comer, comer para trabajar. Para escribir también hay que comer, pero escribir no sirve para comer.  Eso me dijo mi madre mientras me botaba mis Mamitas Yunais y sentenciaba a Kafka a mutar bajo llave el armario.

Ahora de escritor solo me queda un sorbo de café, beberlo y subir de nuevo a trabajar. ¡Murámonos Federico!

En el ascensor varios hombres miramos las piernas esbeltas de la secretaria de don Julio. Aquella mujer ameritaba un poema, sus piernas merecían la humedad de la tinta y la embriaguez de mi amor destilado, pero cuando se bajó todos los demás solo atinaron a decir “uy  mamacita”. ¿Como explicarles la embriagues de mi poema a esos? Sobre todo cuando Fabio ya hablaba de fútbol y mi beeper preguntaba por el expediente de los Giraldi.

Cuando entré a la oficina había una sinfónica catástrofe de ejecutivos dirigidos por los gritos de mi jefe. - ¡El archivo de los Giraldi, encuéntrenlo!

Todos los escritorios abrían la boca solo para decir “aquí no está”, y cerrarse con un hojalata canto tenor.

La cuenta era mía, era la más importante y elevada del año, todo el departamento dependía de cerrar ese trato. Los Giraldi habían llamado para decir que siempre sí, aja, sí. Claro que sí. ¡Caro mio¡ Quiero que diseñes la casa de mis sueños, caro mío. Caro, caro les estaba costando tanta ocurrencia en el diseño.

En el expediente estaba todo: los datos telefónicos, calidades personales de los Giraldi, los papeles bancarios, los detalles para la constructora escogida, los disimulos de costos para la municipalidad, los costos inflados para los Giraldi. ¡Caro, caro mio! Carolina, la hija de los Giraldi, la segunda firma en papeleo. Caro, Caro mía. Tantas veces la quise invitar a comer por el gusto de escribirle en una servilleta un poema para llevar. Al cabo a cada negociación ella me regalaba a mí miradas para llevar, llevar a casa para soñar, soñar que estaba despierto con ella.

- Sos un incompetente. Estúpido, siempre has sido el peor pero esto es el colmo.

- Señor, déjeme buscar, vengo entrando.

- Si no aparece, no aparezcas vos tampoco mañana.

Mañana, mañana va a ser hoy, y entonces hoy será mañana, pero por hoy mejor busco el archivo para llegar a mañana. Efraín se sentó haciendo mofa de mi situación mientras Cinthya me ayudaba a remover toda la oficina. Curiosamente el expediente apareció entre las cosas de Efraín, pero no era tiempo de duelos. Revisé y todo estaba intacto. La lista telefónica de los Giraldi, el nombre de ella, Carolina. ¿Se fijará una muchacha como ella en un tipo como yo?  No creo. ¿Y si le gustaban los poemas? Seguramente no.

Se casará con un caro tipo aristocrático, harán el amor con clase, sin sudor,   y  él la preñará aristocráticamente, aristocráticamente parirá sus hijos con epidural. Tal vez alguno de los polluelos quiera ser escritor, y aristocráticamente le estamparán su foto en contraportada.

- Aló. ¿Señorita Giraldi? Sí, ¿cómo le va? Pueden pasar esta tarde a firmar el contrato. – Soñar – Me gustaría luego invitarla a un café. No, no se apene, sería un gusto. ¿Sabe? Siempre he querido decirle algo. Yo, yo con usted no lo quiero intentar, quiero lograrlo. Déjeme terminar, se lo ruego. Si tan solo me diese un beso, yo estaría atrapado por siempre.  – Despertar – Sí, dígale a su padre que traigan la copia de la certificación. Un gusto, los espero a las tres.

A las tres, triste, me desplomaba en la sala de reuniones “A.”

- Señores Giraldi, su ejecutivo tiene un magnifico plan para acelerar las obras.

Acelerar, acelerar el tiempo y besar sus pies. Sus pies, que pisoteaban mi tristeza recién suicidada a las tres.

Pies bajo la mesa- ¿Cuál es el plan, Caro mío? -¡Caro! Sus pies y mis pies, en la alformbra, ¿Se tocarán?

- Sí mire, si empezamos la obra con los anexos de la casa: garaje, casa de huéspedes, etc, nos daría tiempo de recibir la marmolería especial que está en aduanas y qué como usted sabe siempre se atrasa. Las piezas vienen ya cortadas y es mejor adaptar el gris al mármol y no al revés. Así todo calza, pero además conseguí que la municipalidad vaya en las primeras semanas a inspeccionar, verán poca cosa y podremos bajar costos en los permisos.

- Genial, ingeniero, genial.

- Empezaremos en un mes Sr. Giraldi, su ejecutivo lo mantendrá al tanto de todo, él es el mejor abordo.

¡Abordo! Abordo me senté en mi escritorio y miré la computadora. Internet. Navegar, abordo naufragar. Me reescribí los veinte poemas de amor y una canción más desesperada que la original. Naufragué: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla. . Enviar.

Al día siguiente mi liquidación me esperaba jubilosa junto a mi jubiloso jefecito.

Fue duro encontrar trabajo, definitivamente escribir no sirve para comer, no lo vuelvo a hacer.

En mi nuevo empleo, un día, varias ejecutivas suspiraban frente al monitor. Había una larga cadena de reenvíos y justo abajo, mis poemas. – “Son lindos. ¡Si a mi me escribieran así!”- Sonreí, estaba en contraportada.


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