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Memorias de un padre afgano
Siempre tengo el mismo sueño, es recurrente. Mi hijo juega en las escaleras de piedra con recortes viejos de periódicos, toma uno en sus manitas y me muestra la foto de un soldado rubio, entonces pregunta. Papá, ¿qué era la guerra? Y yo lo miro con alegría y le digo que es algo ya muy lejano, que casi no recordamos lo que era, gracia a Alá.
Es un sueño, claro está, porque despierto y recuerdo el grito de cal, piedras y polvo que llenó nuestra casa mientras yo cenaba y el niño jugaba en el piso con trozos de madera. Las piedras me arañaron la frente y mi alma veía como el niño era tragado por una nube de cal. Un llanto lejano iluminó el pueblo, mi hijo era ahora escombros entre escombros, una roca inocente bajo las piedras de lo que fue mi casa.
La sangre lloraba en mi pecho, mis manos yacían ya lejanas en algún sitio del desastre, junto con la risa y los cantos de mi hijo.
Y yo con mis muñones escarbé las arenas de lo que fue mi vida, y con gritos clamaba la resurrección, clamaba a Alá por la justicia, por perder también mis piernas para recobrar al niño.
El desahucio de la alegría cubría un cielo cristalino y ceniciento, mientras los hombres y las mujeres aullábamos. No bastó la magia de la que le hablé al niño sobre Aladino, ni el exorcismo lúdico de Sherezade para seducir al pentágono. Desde entonces escuchamos a diario en nuestra cabeza las mil y una noches de masacres.
Ahí estaba ya el cuerpo inerte del hijo, no era mi hijo, era otro, era el hijo de la muerte; el mío reía y jugaba, me preguntaba y halaba los pantalones. Este hijo muerto no era mi hijo, era el hijo de la muerte, pero yo mismo era ya la muerte y clamé por que se declarara su presencia en mis sienes. Lo levanté como ofrenda ante la luna, esperaba el abrazo de consuelo de alguien, pero todos en derredor ofrendaban sus propios muertos a la luna.
Una bandera de franjas rojas y estrellas blancas hondeaba a lo lejos satisfecha. Los ojitos cerrados de mi hijo no podían verla. Y ya no está mi hijo jugando, sigue en mis brazos durmiendo, arrecostado en mis antebrazos, con este hombre sin manos y sin hijo. Y si él pudiese hablar, si pudiese decirme algo diría: Papá, ¿por qué la guerra?

