Literatura

 

El Hijo

Locura Porque todos tenemos nuestros demonios…


Como si no fuera ya doloroso verla luego de una cantidad de meses en los que el curso de la vida se había transformado inevitablemente, esperar verla con bata verde, se hacía especialmente incómodo. Estaba totalmente desconcertado y con ese sabor a incertidumbre en la boca, la insistencia de Doña Irene fue determinante. La señora había continuado la incansable labor de su hija de mortificarme de forma rutinaria semana tras semana. Sin embargo su tono más piadoso que la forma acusante de su hija terminó por convencerme, sin la total seguridad de saber si hacía un bien mayor a todos los daños que recíproca y estúpidamente nos habíamos causado.

La primera tortura fue obviamente atravesar toda la capital para llegar al hospital en Pavas, el silencio incómodo hubiera sido un placer privilegiado, que la señora no podía permitirme, sin embargo reconozco que mantuvo la compostura y no escuché de ella ni una ofensa. Asumí que en el fondo ella dudaba de mi responsabilidad absoluta una y mil veces achacada para mí por labios de su única hija.

Estaba claro que la culpa en estos casos (que no creo sean demasiado) han de repartirse con equidad, pero la gradualidad del asunto no me permitió percatarme hasta que tuve que ser drástico y cortar el problema de raíz. Era lógico suponer que ni la señora, ni mi madre ni nadie más que yo vieron como todo se iba haciendo un nudo, que empezó el día justo que ella me dijo estar preparada para ser madre.


¿Y para qué entrar en detalles? Al fin y al cabo lo que yo digo no prueba nada, solo que desde mi inseguridad tenía la confianza plena de saber lo que yo quería. Tristemente un hijo no entraba en mis planes y menos aún ella, por más doloroso y cruel que pueda parecer. Pero no tenía ni la necesidad, ni el valor para explicarle que yo no me movía hacía allá.


Total y como pasa cuando uno no tiene ni la necesidad, ni el valor de terminar con las farsas, todo se salió de control. Pasé algunas semana escuchándola hablar de un niño: Y que belleza, cómo nos haría de felices, ¿Qué nombre le podríamos? , ¿Cómo afrontar la hermosa responsabilidad de crear una familia? y otro montón de pendejadas (concepción odiosa y peyorativa, pero inmensamente válida cuando uno no atiende a compartir o complacer). Salía claro a anteponer egoístamente mis intereses que no eran muchos ni exigentes dadas las circunstancias. – Yo no estoy para eso, amor – o – Sería bonito por supuesto, pero no es el momento – fueron las expresiones más pusilánimes para hacer llevadero el ir y venir cotidiano (O más bien el ir y venir de algunas horas a la semana, en las que pasábamos juntos). Absolutamente todo había pasado muy rápido y no me di cuenta cuando las cosas dejaron de ser lo que eran, a ser el plan calcado de una semana sobre otra: El cine, el bar o el concierto de turno, los besos, lo abrazos, las caricias, el sexo, la conversaciones, el silencio, y finalmente la incomodidad insípida de hacer las cosas sin encontrar un motivo válido. ¿Para qué seguir?, más aún cuando las cosas se salían de cauce de lo sano: las putas llamadas a deshoras, las escenas, los reclamos y los celos del carajo se hacían más frecuentes. Como si nada pudiera ser peor me dice que quiere que la limite, que siente demasiado espacio para ella, que no podría ser una madre ejemplar así. Mientras yo me preguntaba cómo alguien podría ser madre de una criatura que no existe, que se desvanecía entre las píldoras anticonceptivas y las pruebas de embarazo que resultaban negativas. No comprendía tampoco su impulso maternal ante su propia iniciativa (que apoyé gustoso) de planificar. Todo se acabó o más bien lo acabé cuando no tenía salvación alguna: ella quiere su hijo ya, ahora, lo veía aquí, allá, lo soñaba y lo presentía con tanta certeza y convicción que ponía en tela de duda todo lo tangible contra un niño imaginado, deseado por ella y amado desde antes de ser concebido. Aprendí esa vez que sugerirle a una mujer asistencia psiquiátrica puede ser un error grave cuando se le tiene de frente. No la tuve de frente un largo tiempo, y no pensaba hacerlo hasta que después de varias llamadas de doña Irene acepté acompañarla a una visita.


La primera llamada me tomó por sorpresa. Originalmente antes de su madre recibí las llamas de ella: unas semanas tenía ultrasonidos, dolores, antojos otras tenía disculpas, penas, intenciones inútiles de reconciliación, otras semanas solo había silencio que yo aprovechaba para explicarle que no existía bebé alguno, que todo era una situación que le llenaba su cabeza de ideas. Luego dejó de llamar, hasta que llamó su madre. Me explicó que la situación se había vuelto tan grave que se vio obligada a internar a su hija, los doctores le habían diagnosticado un problema severo de personalidad, un trastorno psicótico complejo y otros términos técnicos que no preciso. Pero así como una tarea pendiente la señora continuó la labor de las llamadas periódicas, de partes médicos y la molesta solicitud: si la visitaba tal vez ella mejoraría, sumado a otros argumentos: que su depresión, que yo no podía ser tan egoísta de dejarla en ese estado. Tal vez tenía algo de razón, pero yo no estaba dispuesto arriesgar mi propia cordura y paz apenas superficial que había construido con una ardua labor de olvido e insensibilidad tristemente forjados.


Pero un día acepté con la esperanza de verme liberado de una culpa que me consumía, que se abría conforme nos acercábamos al hospital, cuando llegaba al parqueo, cuando en la sala de recepción nos enviaron al pasillo, cuando el número de las habitaciones se iba acercando al número que indicaba la tarjeta de visitas.

 

Entré y salí tan rápido como pude, tan entero como lo que me despedazaba por dentro lo permitió, esa culpa esa puta culpa, que me orillaba a saludarla, preguntarle como estaba y ver en sus ojos una amor tan profundo y tan desmedido que no era hacía mí, sino hacía su hijo, por el cual me preguntó una y mil veces, a las que respondí que no existía que todo estaba en su imaginación. Me despedí y vi como a medida que me alejaba, sus ojos abandonaban la esperanza de que nuestro hijo existiera, como su sonrisa tonta se iba desmoronado y destruyendo, cuando abandoné la sala y me alejé por el pasillo la escuché gritarme – Hijo de puta, no te llevés a mi hijo, es mi hijo -. Vi a los enfermeros del psiquiátrico correr a tranquilizarla.


Regresé a mi casa si entender del todo que sentir, no se había expiado ninguna culpa, seguía tal cual, y al momento de dormir estando en mi cama, me invadió de nuevo ese sabor a incertidumbre, presentía que algo estaba mal, me levanté y abrí la habitación de junto antes deshabitada, encendí la luz desesperado y sonreí cuando me percaté que todo estaba bien, que mi hijo dormía sereno con una sonrisa de tranquilidad y paz en su rostro.

 

Marcos Chavarría Fallas