Literatura

 

La luz aromática que llevaría tu nombre

LuzDescendieron cuatro luces: una negra, otra ciega, otra errante y la luz aromática que llevaría tu nombre. Bajaron y se limpiaron con arenas húmedas a la orilla del mar, luego se perdieron; muchos narradores han dicho que la primera se perdió en oriente, la segunda en el mar de Suez y la tercera se extravió en busca de la cruz de malta.

Es absurdo, no podemos determinar con certeza donde se extraviaron, de ser así, de haber tenido datos tan concretos y documentados como narran los historiadores, no estarían perdidas.

La cuarta luz, la luz aromática, se perdió jugando a perseguir gotas de agua. Era un juego, una diversión. Le parecían seres mágicos capaces de caer con fuerza, penetrar en la tierra y volver a saltar haciendo figuras extrañas. Fue bajo ese encanto que una tarde de aguacero llegó a mi patio, supongo buscando refugio del gato de la vecina. Mi perro no era amigo de objetos extraños, pero es viejo y se limitaba a ladrarle al punto luminoso que recorría el patio en busca de techo.

Era sábado, lo recuerdo claramente porque solo los sábados me dedico al ocio con tanto esfuerzo. Me dejo reptar entre las sábanas con el control remoto como un ritual de fuego dirigido por mis manos, basta un lento movimiento del dedo pulgar para exorcizar el anuncio del champú, borro su hechizo de la pantalla y coloco ahí una secuencia de imágenes absurdas e inconexas mientras rítmicamente presiono el control. Paso por los canales religiosos, haciendo escalas en imágenes de desnudos donde, generalmente suelo atrasarme más, antes de presionar de nuevo el botón;  paso por los dibujos animados y Speedy Gonzalez trata de ganar la carrera televisiva pero mi dedo ya ha llegado antes a otra imagen, por alguna razón fascinante, y dejo las llamas descansar en ese canal hasta el retorno del champú o alguno de sus compañeros mercantes.

Vivía ese trance mágico con el remordimiento de un perro  en el patio y sin desayunar a las tres de la tarde. Debía levantarme y alimentarlo, más tarde, ya casi, ahorita lo hago. Los ladridos iban in crescendo y pensé en lo desconsiderado de ese animal, trabajo toda la semana y solo quiero un día para descansar y él no ayuda. En fin, supongo que si yo no hubiese desayunado a las tres de la tarde ladraría más fuerte que el perro.

Ya al acercarme a la puerta percibí el aroma luminoso que más tarde llevaría tu nombre, entraba en mi cuarto por los resquicios de la puerta. Abrí y me llene de tu perfume, sentí que tu luz me dibujaba la señal de la cruz. Ya le habías dado de comer al perro que lamía, como agradecimiento, tu reflejo en las paredes.

Me senté a observarte y te dejé recorrerme con curiosidad, un poco apenado, eran ya más de las tres y no me había bañado, pero tu aroma lo había impregnado todo y no tenía por qué dudar que yo mismo emanase tu aroma. Tu inocencia me llenó de luz, no parecías sentir pena ni pudor por registrar los rincones más extraños de mi casa o de mí, tu luz tenía ese dejo de curiosidad que ibas dejando regado por todo lado. Cuando logramos calmar un poco tu ansiedad pudimos sentarnos y leer los poemas de Neruda, te encantaron los de Benedetti y me enseñaste unos de Debravo que ya conocías y sabías de memoria, los habías encontrado en la arena de la playa donde descendiste. Me miraste de frente y me diste un beso en la boca, bajaste por mi pecho y mi abdomen para arar mi cuerpo con tus dedos, me envolviste en la humedad luminosa y fragante de tu halo, me hiciste el amor de tal forma que no pude mirar nada más que tu luz y flotar en ella. Poco a poco, conforme gemías en mis brazos, te fuiste transformando, tu luz se fue convirtiendo en piel, lentamente,  emanando un dulce y aromático sudor por tus poros que yo he aprendido a lamer con la punta de mi lengua. Te convertiste en mujer, y brillas ahora más que cualquier luz.