Literatura

 

¿Y si nos damos un tiempo?

 

 

-¿Y si nos damos un tiempo?-
La pregunta quedó flotando en el aire junto al perfume de ella, el mismo que hacía algún tiempo atrás le había regalado.
Los ojos de ella parecían no entender la pregunta recién lanzada como una granada de mano e intentó articular una frase, pero se la tuvo que tragar con el resto de la saliva que le hacía el nudo en la garganta.
Como amigos funcionaban increíblemente, no había un segundo en que no pararan de hablar ni de reír. Como amantes la química era genial, se disfrutaban mutuamente y sabían cómo hacer para que el otro perdiera la razón en cuestión de segundos. Pero no estaban funcionando en su matrimonio y eso los estaba alejando a un abismo rápidamente, justo como caen las gaviotas a buscar su comida al mar, con la diferencia de que no iban a salir a flote. Ya llevaban varios años juntos y parecía por momentos que en vez de unirse, iban perdiéndose en los recovecos del sueño que habían construido.
Estaban en ese punto al cual llegaban con cierta frecuencia. Él le había dicho alguna vez que parecían aves que volaban según la estación al lugar más cálido que encontraran y después de analizarlo un poco, ella pensó en la verdad de esas palabras.
La pregunta hacía eco distribuida por el aire frío de noviembre que los azotaba en el poyo que se había hecho viejo de verlos en tantas ocasiones, en el parque cerca del trabajo de ella.
-¿Un tiempo?-
-Si, un tiempo-
-¿Y cómo funcionaría eso?-
-Nada más tomá el tiempo que ocupés, andá, hacé tus cosas, lo que necesités hacer para estar bien, para retomar la fuerza que se te ha ido, para que recuerdes quiénes somos y podás volver a ser la persona que solía amarme y a quien me moría amando-
Él estaba tratando de retenerla a cualquier costo, incluso dándole una libertad que más que condicional, parecía incondicional. Arriesgándose incluso que en medio de aquella libertad, se tomara la libertad de no volver más.
Pero... ¿que más podía hacer? La amaba, no solo la amaba, la adoraba. Muchas veces incluso se había dejado pisotear por ella, aguantando sus muchos desplantes y sobre todo, sus inexplicables silencios que la hacían caer en un mutis en donde no le dirigía la palabra durante días que se convertían en interminables semanas, que lo llenaban de angustia y de preguntas que nunca tendrían una respuesta lógica...ni siquiera una respuesta.
-Mmm...No lo sé, no estoy segura- fue su respuesta.
La respuesta que esperaba se había hecho realidad. ¿Cuantas veces había escuchado esa misma respuesta? Al parecer demasiadas. Y es que no era la primera vez que intentaba irse, no era la primera vez que después de un tiempo juntos, un tiempo que se volvía apenas unos maravillosos segundos, tomaba sus maletas y hacia ese viaje hacía ese lugar donde se volvía inalcanzable...hasta que decidía volver y hacer que las cosas fueran más grandiosas que nunca.
-Claro que lo sabés- Y esbozó una mueca dolorosa que parecía una sonrisa. - Claro que lo sabés y siempre lo has sabido, desde aquella vez en que te robé un beso hace muchos años y te dije por primera vez que te quería.  Ella bajó su cabeza y la sonrisa apareció casi inmediatamente, pero supo esconderla detrás del muro de orgullo que construía tan cuidadosamente.
-Siempre has sabido que soy yo el hombre de tu vida, el que te ama y te necesita, el que daría su vida por vos y que quiere no solo una vida a tu lado, sino una eternidad- Sus palabras habían pasado de ser una propuesta a un ruego que combinó con lágrimas e internamente maldijo sus pendejadas (como él mismo les decía).
Ella no se inmutó, hacía rato que ya estaba metida en esa armadura de acero que no la dejaba mirar más que para el frente.
En un intento desesperado, la abrazó. Con la misma ternura que tantas veces la abrazaba después que hacían el amor. Quiso traspasar su piel con ese abrazo y tocar su alma pero fue como abrazar una pared.
-Por fa, no me abracés- Y la frase sonó más a orden que a favor.
La abrazó aún más fuerte y se metió entre su hombro y su cuello y lloró amargamente. El llanto de quién se sabe desahuciado. Fue en ese momento que sintió sus sollozos y las lágrimas de ella, rodaron por su frente.
Había regresado, pero solo tenía unos segundos antes de que se fuera nuevamente. Había traspasado el muro y sabía que en cualquier momento levantaría otro para seguir en su laberinto.
-Lo sabés, ¿verdad?-
-Si, lo sé...solo que esto ya no es vida. Esto se parece a un encierro, a una mentira. Sé que me amas más que a nadie y sabés que te necesito como a nadie, pero ya no puedo más-
-Entonces, ¿porque no intentamos lo que te propongo?-
-¿Y funcionará?-
No estaba para nada convencida de ello, pero también lo amaba con locura. Se habían enamorado como si fuera un cliché, desde el primer momento en que se habían visto. Ella trabajaba en un mostrador del Seguro y él, era uno de los tantos de TI que andaba por ahí, pensando en todo y en nada. Un día ella necesitaba que le arreglaran alguna tontería de la prehistórica compu que usaba y le tocó a él. Cruzaron unas palabras sin sentido y quedaron en irse juntos en bus para la casa. Desde ese momento se amaron sin saberlo, pero con toda la alevosía posible. A los días cenaron juntos en un lugar inexistente y así lo siguieron haciendo sin que nadie los notara. Una noche en una fiesta en que todos se emborracharon, decidieron compartir un taxi hasta sus paradas de buses y fue ahí cuando la besó, a vista y paciencia del chofer del taxi que los espiaba por el retrovisor. A los meses ella cambió de trabajo a un call center, para aprovechar el inglés que había estudiado y él, cambio de puesto y le tiraron el churuco de ser el jefe del departamento. Desaparecieron por algún tiempo pero regresaron, conscientes de que algo les faltaba y en eso estaban, viendo que les faltaba cuando llegaron a 4 años juntos.
-Tiene que funcionar para los dos- y se lo dijo de un tirón, como si fuera urgente. -No solo puede funcionar para vos este tiempo, sino que se trata de que puedas hacer lo que necesites, sin tenerme cerca y que luego, cuando ya te sintás mejor, puedas regresar y así que funcione para mí también-
-Ok, está bien, intentemos-
Se limpiaron las lágrimas y sonrieron, una de esas sonrisas tan francas y sinceras, que solo ellos dos tenían, de complicidad.
Él le dio un beso en la frente, esos besos que a ella le hacían fruncir el ceño porque le daban cosquillas, fue lo máximo que él se permitió...no podía arriesgarse a nada en este momento.
Después de un silencio él le preguntó si todo iba a estar bien.
-Creo que sí- Y acompañó la frase con una sonrisa que no le cabía en su boca.
-Vas a ver que esta vez vamos a estar mejor que nunca y que lo vamos a lograr para siempre-
En ese momento la miró y se dio cuenta de que la amaba más que nunca y que habían cambiado pero eran los mismos. La vio con su suetercito negro y su enagua beige, sus piernas blancas y sus manos pequeñas...como lo enloquecía verla en enaguas.
Cuando se levantaron del poyo y llegaron a la puerta del trabajo, le dijo que él iba a estar ahí para cuando lo ocupara y que guardara el orgullo, que cuando lo extrañara se lo dijera y pudieran remediarlo...juntos.
La dejó en la puerta de la oficina y antes de que se fuera la jaló por la mano, cuando se giró le dijo que la amaba. Ella solo sonrió y la sonrisa ya no era tan franca...el muro empezaba a crecer nuevamente.
-Gracias-
Odiaba cuando ella le daba las gracias por amarla, pero era mejor no reclamar nada, no en este momento pensó.
Ella se perdió en las oficinas y él empezó a caminar.
Cuando llegó a la esquina, sacó su celular y marcó el número que se sabía de memoria. Después del segundo timbrazo le contestó la voz que conocía tan bien hacía 5 años y él dijo: -Hola mi amor, en un rato nos vemos para cenar-

 

 

 

Autor: Sergio Campos

 

Fotografía: kristofabrath