Varias veces en el mismo instante

 “… ma due occhi che ti guardano, cosi vicini e veri
ti fan scordare le parole, confondono i pensieri”

Lucio Dalla

Sacó de nuevo la ficha y leyó el número, A58, no había cambiado desde la última vez que lo había leído. Ensayó una nueva forma de doblar el papel y lo guardó en su bolsa. Segundos más tarde palparía la bolsa para comprobar que seguía ahí y memorizó de nuevo el bolsillo utilizado, el izquierdo de la camisa, con la esperanza de no olvidar donde estaba cuando lo llamaran. Nunca funcionaba, la ficha siempre aparecía después de requisar todas las bolsas ante la mirada cansada del ejecutivo.

Sacó de nuevo el papel de la ficha y lo interrogó, el papel confesó cansino, A58. Miró la pizarra electrónica, aún faltaba mucho para su turno, la pizarra parpadeó y gritó, A24, pasar a posición 8.Sacó el papel de nuevo, más para distraerse que para verificar el número. A58. La pizarra aún seguía mostrándose desinteresada y burocrática en el A24.

A58, el número no había cambiado pero sí habían cambiado de posición los incómodos clientes en las desesperadas sillas, algunos incluso preferían ponerse de pie. Dobló la ficha en picos esta vez. La guardó en el bolsillo derecho del pantalón. A58, el número no había cambiado, había cambiado sí el rostro del ejecutivo en la ventanilla 03 quien puso cara de angustia ante lo que le explicaba el cliente. Poco le importaba enterarse del drama, él solo venía a retirar su tarjeta. Además esa cara del ejecutivo es la cara ensayada que muestran a los clientes para hacerlos sentir escuchados y evitar que lleguen a los gritos o se pongan más quejosos. Contó las ventanillas, había tres vacías, nadie las atenía y un rápido cálculo mental le hizo pensar que si sus ejecutivos estuviesen ahí sentados estaría unos diez números más cerca de ser atendido en la lotería bancaria. A58, hizo del papel un rollito y lo guardó en la bolsa derecha de la camisa. El guarda, a diferencia de la pizarra, cambiaba su posición, al tiempo que disimulaba la mirada al escote de una cliente que recién ingresaba e intercambiaba una mirada de cómplice con uno de los cajeros. Cambiaba también el rostro del ejecutivo en la ventanilla 03, quien ya tenía una expresión menos angustiosa al tiempo que le mostraba al cliente los múltiples espacios donde debía firmar.

Ella entró innumerables veces en un instante. Los ojos de ambos se encontraron y él no logró articular ningún pensamiento, solo podía observarla: su rostro era perfecto, los ojos de ella traspasaban, su piblanca, una leve nariz se insinuaba, el cabello tenía la determinación de caer tranquilo y oscuro, la boca carnosa. La mirada de ella lo traspasaba con esos ojos café que sabían ser a un tiempo dulces e inquisidores. Él creyó notar cierta benevolencia en la mirada de ella, se sintió apenado, bajó la vista. Ella recordó la hora y bajo la mirada como para obligar a sus pies a caminar más rápido, de nuevo llegaba tarde y no podría soportar otro discurso más de la supervisora. Abrió la media puerta y corrió hasta la ventanilla doce, encendió el computador y lamentó el polvo acomodado en el escritorio pero no era tiempo ya de ponerse a sacudir, mientras urgía al monitor con la mirada oprimió el botóncillo. A35, pasar a posición 12.

Él la analizaba y trataba de descubrirla y conocerla en cada detalle, en cada gesto. Ella levantó la mirada y le sonrió. El mundo se hizo inmenso al mismo tiempo que él se hizo diminuto. Bajo la mirada y contempló a quien de una forma menos intimidadora solo podía recordarle que A58.

Descubrió que aunque aparentaba ser dura ante los demás era tal vez más mimada de lo que quisiera ser y que esperaba incluso que los demás lo descubriesen; pero ella jamás cedería, eso lo tenían que descubrir. Por los detalles y lo que le contaba al gordo de la ventanilla 11 descubrió que le encantaban los deportes pero llevaba consigo un libro que delataba sus pasiones tan disímiles unas de otras. Hablaba de su familia con un entusiasmo casi infantil, muy cercano. Todo lo logró adivinar mediante sus conversaciones con el de la 11, el gordo, conversaciones intercaladas con un sí, Cómo está, Claro eso se lo podemos tramitar, Trae la cédula.Su voz era más bien ronca pero era parte del encanto. Él seguía fotografiándola mentalmente desde distintos ángulos y tratando de disimular su insistencia en mirarla. Aún podía ver cuadro a cuadro la entrada de ella, cada paso lo había fotografiado en su mente con el terror de poder olvidar ese rostro una vez fuera del banco. Suele pasar, no es cosa del rostro, tal vez un mecanismo de defensa para conformarnos ante la pérdida y la angustiosa realidad de que esos rostros son solo un instante. Pero ella fue varias veces en el mismo instante, y alguna imagen debía sobrevivir el naufragio del olvido y la resignación.

Calculó las posibilidades, y si el imbécil de la ventanillas 03 se apurara un poco más tal vez él correría con la suerte de ser atendido por ella. Ensayó varias frases cliché, pensó incluso hablarle de algún deporte pero no era su campo, sería mejor refugiarse en los libros y contempló con desilusión que desconocía al autor del de ella. Tal vez ese sería buen pretexto, pero sabía que no sería capaz de decirle nada, al tiempo que doblaba el papel A58 en dos y lo guardaba en la bolsa izquierda del pantalón.

La recolección de firmas de la ventanilla 03 parecía no tener fin y ya era mejor que siguiera así porque de sacar ese cliente podría dar al traste con toda la ecuación. A51, pasar a la posición 04. Pero A54 había desertado e incluso era posible que se hubiese suicidado en el basurero al lado del guarda. A55, pasar a la posición 04. Usaba sus uñas de color negro y todo eso lo desconcertaba, eran demasiados contrastes. La boca carnosa no tenía ningún color y lucía mejor así. La nariz levemente insinuada, la suave daga de los ojos que lo traspasaban estaban bien delineados, era astuta para reconocer su mayor atributo. A56, pasar a la ventanilla 09. El asomo de lo que tal vez era una espinilla ya vencida, o un leve lunar, asomaba sobre el labio y rompía la simetría. Como era de esperar ese leve defecto la hacía aún más bella y obligaba a quien la miraba a recorrer el espacio cercano a la boca abierta, como un llamado

A57, pasar a la posición 02. El tiempo parecía congelarse y el cliente que atendía ella parecía estar dispuesto a no retirarse. Le preguntaría por el libro y el autor, era la forma más sencilla y segura, no tenía idea de cómo saltar del libro a un café, pero ya lo averiguaría. Bajó la mirada apenado cuando una vez más ella lo descubrió contemplándola.

A58, pasar a la ventanilla 11. El gordo acababa de despachar a un cliente. No aparecía el papel y el único instante que estuvo realmente frente a ella fue ese en el que caminaba rebuscando la ficha en sus bolsillos con cara de angustia. Buenas tardes en qué le puedo ayudar. Vengo a retirar mi tarjeta. El gordo le sonrió de una forma muy sincera, era imposible odiar a José Luis Berrocal, Estamos para servirle, como decía en su plaquita. El gordo era simpático y no se le podía odiar, logró espiarla pero la posición vecina y diagonal era más un obstáculo que una cercanía. Salió con su tarjeta en la bolsa, en todo caso no habría sabido qué decirle, esta vez no fue su turno.


Imagen cortesía de C_hica